sábado, 3 de octubre de 2015

Relato corto Amar desde las sombras de Sheyla Drymon



Buenas tardes a todas!!! Espero que estéis pasando un buen fin de semana, como ando algo malita aprovecho para poner al día la plantilla del blog y hacerle un lavado de imagen, que hace tiempo que quería hacérselo pero no encontraba el momento oportuno. 

¡Necesito días con 36 horas!

Espero que os guste este pequeño relato que está incluído en la Antología 20 Pétalos de Amor del grupo ARI.






Título: Amar desde las sombras
Autora: Sheyla Drymon
Género: histórico paranormal
Portada: derechos de la autora al comprar la imagen en depositphotos.
Relato: registrado en Safecreative
Código: 1309015684496 .



AMAR DESDE LAS SOMBRAS




Desde las sombras Abbie suspiró con pesar al ver que aquel baile iba a ser como los otros a los que había acudido, tedioso y un golpe a su autoestima, pues a pesar de esforzarse por lucir hermosa se quedaba toda la noche sentada en un rincón viendo pasar las parejas de baile. Era duro observarlas desde lejos, anhelando ser admirada como lo eran muchas de las jóvenes del salón, rodeadas de atentos pretendientes que se desvivían por ellas. Deseaba fervientemente poder ser como una de esas principiantes que llenaban sus tarjetas de baile con los nombres de los hombres que la pretendían, soñaba con llegar una noche a una fiesta y poder sentir las miradas apreciativas de los presentes sobre ella, poder ver el orgullo en los ojos de su padre, y la envidia en los de las demás jóvenes casaderas como ella. 
Pero los sueños eran sólo eso, sueños, apenas espejismos que aparecían de noche y se rompían cuando se veían los primeros rayos del sol despuntando el horizonte. La realidad era dura y con cada baile, con cada noche en la que quedaba relegada en un rincón, sola, viendo pasar a los hombres que ni se dignaban a dirigirle una segunda mirada, se sentía sola y desesperada. Y cada año que pasaba le pesaba sobre el alma, sobre el corazón como losas que la hundían en la desesperanza, quebrando definitivamente sus deseos.
Odiaba sentirse así, desprotegida, frágil, incapaz de levantar la mirada del suelo, deseando que éste se abriera en dos y la tragara para alejarla de aquel lugar, de aquel salón en el que estaba siendo humillada públicamente al ser ignorada por todos los presentes. 
Apretó con fuerza la tarjeta de baile y luchó contra las lágrimas que pugnaban por brotar de sus oscuros ojos. Era consciente que no tenía la belleza clásica que imperaba en Londres, no era ni alta ni esbelta, ni poseía una hermosa melena rubia que brillaba con vida propia ante unos impactantes ojos azules, la ascendencia hispana de su madre se evidenciaba en su físico. Era una mujer con curvas, con larga melena rizada negra y ojos como el carbón, intensos, llenos de vida que se apagaban cuando su padre le gritaba al llegar a casa que no se esforzaba lo suficiente para encontrar un buen pretendiente con el que desposarse. 
Por supuesto que quería casarse, poder formar la familia que con tanta añoranza deseaba, pero le hacía daño mostrarse como un trozo de carne embutido en un prieto vestido lavanda, el color de la temporada, a la espera de que un hombre se fijara en ella y deseara cortejarla. La hacía sentir una mujer inferior que no merecía nada de lo que poseía, que su padre debía mantener y el cual no se mordía la lengua cuando le echaba en cara lo que pensaba de ella, de su falta de éxito en su segunda temporada en Londres.

Dejó a un lado la tarjeta y decidió salir de aquel sofocante lugar, eso sí, antes de atreverse a dirigirse hacia los jardines miró hacia donde estaba su progenitor, encontrándolo al fondo del salón bebiendo y charlando animadamente con unos hombres que reconoció como socios de su padre en algunos de los negocios que tenía. 
Perfecto. Estaba más que entretenido, y dudaba mucho de que se percatara que se ausentaba. Era penoso ver que ni su padre se interesaba por ella, que siempre hacía lo mismo, llegaba a la fiesta, la dejaba en aquel rincón y se alejaba sin mirar atrás, sin preocuparse de ella. Debería estar acostumbrada a los desaires de él, pero no podía dejar de sentirse dolida, al fin y al cabo era la única familia que le quedaba en el mundo. 
Con un suspiro pasó las manos por el regazo alisando una inexistente arruga y se dirigió hacia una de las puertas que daban acceso a los jardines, en cuanto llegó, respiró hondo agradecida por el frío de la noche. No miró atrás cuando se internó en la noche, y buscó refugio en medio del jardín con hermosos rosales que desprendía una fragancia dulce que le hizo sonreír con pesar. Cada paso que daba alejándola de la mansión, la adentraba en la desesperanza, mostrándole la realidad de su vida. Se sentía prisionera en su casa, sin posibilidad de hallar una salida, pues o aceptaba las limosnas de su padre o acabaría en la calle sin saber qué hacer o a donde acudir.
Se sentó en uno de los bancos de piedra que había bajo un gran árbol y cerró los ojos. Quería llorar, desahogarse en aquel rincón, derramar las amargas lágrimas que se agolpaban cada día en sus ojos, que la ahogaban cuando veía la decepción y el desprecio en la mirada de su padre, cuando veía que el tiempo pasaba y ella continuaba sola, siendo una espectadora en las sombras, ansiado encontrar una salida que no podía alcanzar.
Quería ser amada, poder formar su propia familia a la que cuidar, respetar y amar por encima de todo, pero parecía que el destino estaba en su contra, y su deseo estaba cada día más lejos de hacerse realidad. Los años pasaban y los hombres se fijaban en las nuevas debutantes, convirtiéndola en un florero que en cada baile miraba con anhelo la pista, aguantándose las ganas de llorar.
¿Era tan difícil encontrar un buen hombre con el que desposarse y ser feliz? Pensó Abbie mientras dirigía sus ojos al cielo, contemplando las estrellas durante unos segundos, antes de responderse a sí misma para sus adentros: Sí que lo era. 
Cuando se iniciaba la temporada en Londres era testigo muda de lo que movía al mundo: el dinero y la posición social. Lo había comprobado muchas veces, como muchos acababan desposándose con las herederas más ricas del salón, como las perseguían como moscones revoloteando a su alrededor. Les movían el dinero, la posición social o…
La belleza. Se recordó para sus adentros, apretando las manos entre sí notando como le temblaban. Si una mujer era hermosa la disputaran con ferocidad, beberán los vientos por ella, la cortejarán con todas sus armas aunque luego cuando esta hable se note que no tiene muchas luces. Poco importa, quieren una hermosa muñeca a su lado con la que procrear y presumir. Nada más, la inteligencia en la mujer estaba mal vista. No se aceptaba que la mujer pudiera responderte con coherencia y entablar una discusión razonable de economía o política pero si que fuera capaz de pintar, tocar el piano y cantar como un ángel. ¿Cómo si sirviera para mucho hacer eso? Ironizó abriendo los ojos y alzando el rostro hacia el oscuro firmamento, con pesar
Estuvo contemplando el cielo un rato antes de ver como una estrella fugaz atravesó el firmamento, agrandó los ojos recordando lo que decía su difunta madre, que el deseo que le pidieses de corazón a una estrella fugaz se cumplía. Era infantil sentir el irrefrenable deseo de que aquel mágico cuento que le contaba su madre fuera verdad, pero no quería perder la inocencia de la infancia, el no decaer en la melancolía pese a que la vida te mostrara lo más amargo. No quería levantarse un día y  percatarse que no deseaba nada, que había aceptado finalmente que su destino estaba ya marcado y que no podría luchar contra él por mucho que le costara. 
Esperó con paciencia a ver otra estrella fugaz, para murmurar en alto su deseo. No tardó en aparecer, y cuando cruzó el firmamento velozmente, susurró:
—Deseo encontrar un hombre del que me sienta atraída y confiada de estar a su lado, el cual se sienta orgulloso de tenerme como su mujer, que sea además mi amigo y confidente, que me ame sin restricciones y, ante todo, me sea leal y fiel. Deseo que el amor pueda ser real, algo que se pueda tocar, avivar, respetar, con el que se pueda soñar, suspirar y añorar. Deseo…—. Deseo encontrar un hombre al que amar y que me ame, con el que formar una familia. Pensó esto último. 
Bien era consciente que pedía demasiado y que viendo cómo transcurría cada fiesta a la que acudía iba a ser imposible que se cumpliera su deseo, pero cerró los ojos y rezó en silencio ansiando que por una vez en su vida tuviese suerte, y pudiera encontrar un buen hombre que la liberara de la prisión en que se había convertido su existencia.




El regreso a casa siempre era doloroso, su padre no dejaba de increparle en el estrecho carruaje lo decepcionado que estaba de ella, llegando incluso a burlarse de su persona por la falta de interés que mostraban los pretendientes hacia ella. En cuanto llegaron a las puertas de su casa, Abbie intentó huir a su cuarto para meterse en la cama e intentar olvidar todo lo que la atormentaba, pero las palabras de él la dejaron paralizada y con el corazón latiéndole furiosamente en el pecho.
—Ante tu falta de entusiasmo por encontrar un buen pretendiente voy a considerar la proposición que me ha ofrecido el barón Rodelstein, es inexcusable que a tu edad aún no hayas conseguido desposarte.
¿El barón Rodelstein? Pensó Abbie con auténtico terror. Ese hombre era anciano y se comentaba en los cotilleos de sociedad que sus dos anteriores esposas murieron a manos de él por los golpes que les propinó. 
—Pero padre, no quiero casarme con el barón, aún no terminó la temporada y…
—Se terminará sin que tengas a varios hombres golpeando la puerta de mi casa pidiéndome tu mano, lo asumí hace tiempo, Abigail, que eres una decepción como hija y que no iba a conseguir una buena unión con un Lord a través de los lazos del matrimonio. Si te ordeno que te cases con el barón Rodelstein lo harás, además no precisa dote, podrás pagarme todos estos años que he tenido que mantenerte.
Fue inútil que intentara protestar, hacerle ver que de aceptar la petición de ese hombre iba a condenarla en vida, él ya estaba decidido a entregarla a un monstruo con tal de perderla de vista. 
Le suplicó, lloró, gritó y hasta quedó de rodillas ante él, pero no sirvió de nada, su padre la despachó a su cuarto recriminándole que se estaba portando como una trastornada al rechazar una buena oferta de matrimonio de esa manera, que dejara de soñar y se enfrentara a la realidad: que era una decepción de hija y que su única posibilidad de desposarse era con el barón. Que tenía que estar muy agradecida al ser aceptaba por el Lord, pues a su edad ningún otro hombre la querría a su lado. 
Aquella noche, Abbie no durmió, enterrando el rostro en la mullida almohada y ahogando los sollozos y las lágrimas que brotaban de sus enrojecidos ojos sin control. Estaba desesperada ante un oscuro futuro al lado de un hombre horrendo al que iba a ser ofrecida por su propio progenitor. 




Levantarse al día siguiente fue muy duro, le dolía la cabeza, el corazón y estaba tan agotada física y mentalmente que apenas tocó el desayuno. A lo largo del día actuó como una autómata, moviéndose por la casa sin ser consciente de lo que la rodeaba, sin prestar atención, sin dejar de pensar una y otra vez en lo mismo: en un futuro al lado del barón, compartiendo cada día y…cada noche. 
No fue hasta la hora del té que tuvo un respiro cuando su padre decidió acudir al club en el cual era socio, momento en que aprovechó para retirarse a su alcoba e intentar descansar algo. Apenas una hora, después un suave golpe en la puerta la despertó. 
—Señorita Abigail, lamento molestarla—la puerta se abrió y apareció la vieja criada de la familia, una agradable mujer que la trataba como a una hija protegiéndola en lo que podía y dándole el cariño que su propia familia no le daba—. Acaba de llegarle una carta.
Sintió un nudo en el estómago ante la posibilidad de que fuera una invitación del hombre al que su padre quería atarla de por vida, y tomó la carta con manos temblorosas.
Apenas tardó unos segundos en abrirla, y cuando leyó las primeras líneas la dejó a un lado y miró a la mujer que esperaba paciente a los pies de su cama.
—¿Podrías dejarme sola, Sarah?
Ésta asintió y abandonó el cuarto en silencio, momento en que Abbie se levantó de la cama y corrió hacia la ventana para poder leer la misiva con más atención a la luz del sol.
—Verle a la luz de la luna y no poder acercarme fue una tortura…—comenzó a susurrar las hermosas palabras de la misteriosa carta—…que me acompañó a lo largo de la noche. Su hermoso rostro y su dulce voz invadieron mis sueños, y sus sentidas palabras derribaron las barreras de mi corazón. Soy consciente de mi impertinencia al haber escuchado sin revelarle mi presencia cuando creía estar sola, pero su imagen me cautivó, y me sentí atado y tentado a acercarme a usted y tomarla entre mis brazos…
Detuvo la lectura y posó una mano sobre su corazón, el cual latía enloquecido en su pecho. Tuvo que releer una vez más el pequeño párrafo porque no creía lo que había leído, asombrándose de las palabras allí escritas. Podía ser una ilusa pero se sentía exultante al saber que un hombre se interesó de tal manera por ella por primera vez en su vida. Cerró los ojos unos segundos para disfrutar de la emoción que sentía en esos momentos, antes de continuar leyendo.
—Y probar el sabor de sus hermosos labios. Espero que mi atrevimiento no la incomode y acepte responder mi misiva. A la espera de sus noticias. Su admirador secreto.
Dobló con cuidado la carta y cerró los ojos rememorando cada palabra. El corazón le latía con nerviosismo y la emoción que sentía se agolpaba en el centro de su pecho. Aquella carta había conseguido acallar durante unos momentos la angustia de convertirse en la mujer de un hombre que bien podía ser su abuelo y del que se decía que poseía un alma negra que disfrutaba al dañar a los demás. 
¿Debería responderle? Se preguntó a sí misma, mirando el remitente. La dirección correspondía a un barrio a las afueras de la ciudad en la que los nuevos ricos se asentaron levantando imponentes viviendas que mostraban el nivel adquisitivo que tenían gracias a sus crecientes negocios. 
¿Y qué podía perder si lo hacía? Bien era cierto que su padre podía repudiarla o adelantar la boda que estaba planeando, pero el riesgo de saber más del misterioso hombre bien valía la pena. Quería conocerle, saber más del que había conseguido emocionarla con sus palabras, quien la había hecho sentir por primera vez en su vida hermosa y deseada.
Se tumbó en la cama y cerró los ojos con la carta apretada contra el pecho. Escribirle o no escribirle. ¿Qué podía hacer? ¿Sería sensato? ¿O aquello no era más que una broma de mal gusto? Las dudas la carcomían por dentro, pero la curiosidad pudo más y al final optó por responderle. 




Cada carta que recibía era un regalo que atesoraba con emoción bajo el colchón de su cama, leyéndolas todas de noche a la tenue luz de las velas. Se las sabía de memoria, cada palabra de esas hermosas misivas en las que el misterioso admirador le contaba su viaje por el mundo, cómo acabó en Londres y cómo se enamoró de ella esa noche en que la vio en los jardines susurrando un deseo a las estrellas hacía ya casi dos semanas.
La ilusión que sentía al saber que un hombre la adoraba desde las sombras era lo único que acallaba la amargura al ver que su padre había aceptado finalmente el compromiso con el viejo Lord, el barón Rodelstein. 
A lo largo de esas dos semanas, escribió una carta a diario obteniendo la respuesta al día siguiente, emocionándose y enamorándose poco a poco del misterioso hombre con cada una de las sus palabras. 

“Fue el destino que me empujó a acudir a esa tediosa fiesta esa noche para conocerte.”

“Adoro la pasión con la que describes los recuerdos de tu madre, me habría gustado conocerla y agradecerle,  pues gracias a ella eres la mujer apasionada de ahora.”

“Ruego cada día que en el momento en que nos veamos no dudes de mis sentimientos, me des una oportunidad para mostrarte que eres la dueña de mi corazón, para poder entregarte el mundo a tus pies y colmarte cada día de felicidad”

“Eres la mujer que me acompaña cada día mientras debo atender a mis negocios, maldiciendo al saberte tan cerca pero a la vez tan lejos. Amor mío, espero que me perdones el atrevimiento al confesarte que sueño contigo, que plagas mis sueños. Sueños cálidos, dulces, y ardientes, pero no quiero asustarte con la pasión que siento al recordar tu hermoso rostro, tus brillantes ojos y tu perfecto cuerpo.”

“…Me despierto en la noche deseando retirar las horquillas de tus cabellos, ver caer tu melena por tu espalda y poder pasar mis dedos por las sedosas hebras…”

“…Deseo besar cada rincón de tu cuerpo, venerarte cada noche, enamorarme cada día, agradecerle al destino el haberte conocido…”


Y a lo largo de ese tiempo, nunca se atrevió a confesarle que su padre iba a casarla con otro, que su futuro estaba atado a un anciano del que circulaban oscuros rumores de maltratos y abusos, y de prácticas de alcoba aberrantes que hacían acallar y mirar hacia otro lado a las criadas que se cruzaban en su camino y que cuchicheaban a sus espaldas como si ella ni fuera capaz de oírlas.
Pero ya no podía ocultarlo por más tiempo, al día siguiente iba a salir publicada en el periódico una crónica de su futuro enlace. Con pesar escribió la última carta, pues estaba segura de que iba a ignorarla nada más enterarse que ya estaba comprometida a otro hombre. 
Mientras la escribía las lágrimas se deslizaban silenciosas por sus mejillas empapando el perfumado papel. Le confesó todo, desde el temor inicial que sintió al recibir la primera carta, a que se decidió a escribirle sabiendo que no había un futuro para ellos, y aunque fuera a causarle problemas si se descubría que se carteaba con un extraño, deseaba sentir al menos una vez en su vida estar enamorada. 
Dobló con cuidado la carta cuando la terminó, antes de cerrarla con cera y marcándola con su sello personal, para a continuación entregársela a Sarah, despidiéndose en silencio del misterioso admirador que consiguió enamorarla con sus dulces palabras. 
—No pierda la fe, señorita—la rasposa voz de la criada la devolvió a la realidad. Ésta estaba cerca de la puerta aferrando la carta entre sus viejas manos, desde el primer día fue su cómplice, su confidente, quien la animaba a continuar con aquella locura cuando la cordura la hacía tambalear en su decisión de si escribirle o no. Su mirada le transmitía el amor maternal que sentía por ella. Era la niña que nunca tuvo, la pequeña a la que quería proteger de todo mal, aunque éste tuviese su misma sangre. 
Abbie se limpió las lágrimas con una mano y respondió:
—¿Cómo voy a tener fe, Sarah si en una semana voy a estar casada con ese…hombre? Mi padre ha sido muy claro, no me quiere en casa, me entregará a ese monstruo por dinero.
Sarah apretó la carta contra su pecho y asintió:
—Su padre no es consciente de la suerte que tiene al tenerla como hija, cuando la pierda se dará cuenta de lo equivocado que está al haberla despreciado así. Pero mi niña, no pierda la esperanza, este hombre—levantó la carta que iba a entregar al mozo que esperaba cada noche en las puertas de entrada a las cocinas, por donde entraban y salían los criados de la casa, y quien se suponía que se la entregaría al misterioso admirador—, la salvará del destino que le espera.
Abbie soltó una carcajada apenada, llena de tristeza. Hacía días que la esperanza se esfumó de su vida. Ya aceptaba que su destino estaba sentenciado con un matrimonio del que no quería pensar, pues temía ahogarse con la pena. 
—Tu fe en el amor es de admirar Sarah, pero la realidad es que dejará de escribir, de interesarse por mí, tirará las cartas y seguirá su viaje. Creo que fui una tonta al responderle la primera misiva, no he sido más que un juguete con el que divertirse mientras está en la ciudad, si estuviese interesado realmente por mí habría solicitado una audiencia con mi padre, o al menos me habría dicho de vernos, aunque fuera una vez. 
La anciana negó con la cabeza, mirándola con pesar.
—Sus motivos tendrías, pequeña. Eres una mujer de buen corazón mi niña, Dios la ayudará. 
Abbie se giró y se tumbó en la cama, abrazando el almohadón, mientras escuchó como su querida Sarah la dejó sola, cerrando la puerta con suavidad. 
No lo creía, no podía sentir esperanza cuando su destino ya estaba sellado, se haría más daño. Aquellas cartas que escondía bajo su cama se convertirían en su refugio cuando no pudiese soportarlo más, pero no iba a vivir en un continuo sueño porque cuando le tocara el momento de despertar la angustia la abrumaría y acabaría con ella.
Prefería quedarse con el recuerdo de las cartas aunque a veces sospechara que no fue más que un engaño, que seguir atormentándose. 




No fue consciente que se quedó dormida hasta que escuchó unos ruidos provenientes del balcón de su alcoba. Abbie se sentó en la cama y miró hacia la cristalera de la terraza. La luz de la luna penetraba con delicadeza a través de las suaves y aterciopeladas cortinas, iluminando levemente el cuarto. El susurro de los árboles rompía el silencio de la noche. 
—Quizás sólo fue un sueño—murmuró volviéndose a recostar. 
Debería levantarse y mirar, pero para eso tendría que ponerse la bata de seda pero estaba agotada, se sentía a punto de desfallecer a causa de la presión que estaba soportando dentro de su corazón. Apenas faltaba unas horas para que todo Londres supiera de su destino y no deseaba levantase de cama, ojalá pudiese acostarse y dormir para siempre, o despertarse y ver que todo fue una terrible pesadilla. 
Cerró los ojos e intentó alejarse de todo sumergiéndose en el mundo de los sueños, pues allí era libre, pero de nuevo un ruido la alertó. Esta vez sí que lo había escuchado con claridad, era un ruido seco, como un golpe y provino de nuevo de la terraza. Con el corazón bombeando con fuerza por el miedo se levantó de la cama y se acercó a la cristalera con pasos dubitativos, olvidando el decoro y la bata encima de la silla cercana a su cama. 
Estuvo tentada a preguntar en alto si había alguien fuera, pero desechó enseguida esa posibilidad, sería absurdo. Miraría a través del cristal y, de haber alguien, saldría corriendo en busca de ayuda. Rozó con los dedos la suave cortina y la apartó, en ese momento el mundo se detuvo y supo que había perdido el corazón para siempre. 
Delante de ella mirándola con una pasión arrolladora estaba el hombre que la visitaba en sus sueños desde hacía unos días, no lo pudo reconocer hasta ese momento pues en sus sueños no podía vislumbrar bien su rostro, pero ahora que lo veía sabía que era él. 
Estuvo a punto de caer al suelo de la impresión, así que se apoyó hacia delante en el cristal memorizando cada detalle de él. Era alto, le sacaba dos cabezas, de porte elegante pero a la vez salvaje, con largos cabellos azabaches que se movían peligrosamente siguiendo al viento, azotándole el rostro. Sus ojos del color del carbón fueron los que la paralizaron en el sitio, los que le robaron el aliento y el corazón, con su fuerza, su brillo peligroso, el magnetismo de su mirada. Su rostro era masculino, con una nariz aguileña que le daba un porte aristocrático, suaves cejas que enmarcaban sus misteriosos y candentes ojos, finos labios rojizos que se curvaban en una sonrisa sincera con la que mostraba sus blancos dientes, y un mentón cuadrado en el que se veía un hoyuelo que daban ganas de acariciar y besar.
—¿Quién eres?—preguntó finalmente con voz temblorosa una vez que se sintió capaz de hablar.
El hombre sonrió y abrió la puerta de la terraza, sorprendiéndola al atraparla entre sus brazos. 
—Soy tu destino—le murmuró con voz enronquecida y grave, acariciándole la espalda y envolviéndola con su calor—. Eres mía Abigail, desde esa noche en que te encontré en los jardines, me perteneces. Tu olor me llevó a ti, y cuando te vi bajo la luz de la luna me atrapaste, me convertiste en tu esclavo. 
Abbie se separó un poco para mirarle a los ojos.
—¿Mi olor?—preguntó con curiosidad, intentando asimilar todo lo demás, desde que creía que le pertenecía, que lo había esclavizado, y que se sentía en sus brazos como en casa, como si fuera su destino estar con él.
Marcus Byron se rió en alto antes de besarla con pasión, devorando sus labios, probando finalmente su sabor antes de responderle:
 —Mi dulce, he de confesarte que no soy un hombre corriente, que no soy como los otros, o… —negó con la cabeza como si no encontrara las palabras con las que expresarse. Llevaba dos semanas luchando contra sí mismo para no acudir a la mansión de su amada y raptarla sin importarle nada. Pero su familia le retuvo recordándole que debía ser paciente, que no podía cometer esa locura cuando estaba cerrando unos negocios importantes para el clan en la ciudad, que esperara unas semanas antes de hacerla suya para siempre. Retomó su discurso tras mirarla fijamente a los ojos mostrándole duda, temor, pasión a través de su mirada—. No encuentro las palabras con las que contarte qué soy, la maldición que pesa sobre mí y…
—Sabes que no me importa si no tienes dinero, o posición social, me enamoré de tus palabras, de la pasión con la que describías la vida que íbamos a tener si te concedía el honor de aceptarte y…
Él la acalló con otro beso, una cálida caricia que apenas duró unos segundos, pues no podía soportarla tenerla tan cerca de él sin poseerla, sin hacerla suya en cuerpo y alma, y antes de caer en la tentación se obligó a separarse de ella, antes de continuar: 
—Eres tan pura, con un gran corazón y una belleza extraordinaria, me quedo sin palabras cuando te tengo delante, deseo explicarte tanto pero apenas tenemos tiempo. Temo que descubran los habitantes de esta casa que no estás sola y me des la espalda, que renuncies conocerme cuando sepas la verdad, que… —negó con la cabeza, pasando una mano por sus cabellos, se veía afectado, pero sus ojos estaban decididos. Ella era suya, su mujer, la única que había logrado capturar su corazón, quien tenía el poder en sus manos de convertirlo en el hombre más afortunado del mundo si le seguía, si aceptaba ser suya para siempre, pues para él no habría otra, nunca más. Podría conocer a otras mujeres, pero ninguna de ellas sería la única, su compañera—. Te amo, es así de simple, te amé desde la primera vez que te vi, en ese instante supe que tenías que ser mía, que yo era tuyo para siempre, hasta que la muerte me reclamara y cuando eso ocurriera te seguiría amando desde el cielo. Eres la luz que iluminó mi existencia, quien consiguió que los años de soledad se esfumaran de mis recuerdos, que agradeciera el destino por no haberme empujado a una vida de oscuridad si hubiera aceptado la mano de otras mujeres que… —al ver como ella entrecerraba los ojos, supo que debía cambiar de tema, no podía informarle aún que al ser el alfa de su clan los Ancianos llevaban años presionándole para que tomara una compañera con la que procrear. Esbozó una sonrisa que apenas duró unos segundos al ver los celos brillar en los ojos de ella, le gustaba que fuera celosa, que mostrara que él era suyo y que así lo consideraba, pues él se sentía igual con ella. La amaba con locura, con todo su ser, con pasión y devoción, y le rompería la cara al hombre que se atreviera a sonreírle a su mujer, a coquetear con ella—. Sólo espero que me des una oportunidad para mostrarte que soy sincero, que tienes mi vida y mi corazón en tus manos, y que pese a lo que te pueda parecer, moriré si me rechazas.
Abbie alzó un brazo para tocarle el rostro, deseando tranquilizarlo, hacerle ver que fuera lo que tuviese que decirle lo iba a aceptar, que no le importaba que no tuviese dinero, o una posición social, ella valoraba más el amor que le mostró a través de sus cartas que todo el oro de mundo.
Lo que no se esperaba fueron sus palabras, la terrible confesión que le susurró mirándola a los ojos, esperando su reacción.
—Mi amor, soy un hombre lobo.
Ahí estaba lo que fallaba, su misterioso admirador, se creía una criatura mítica que salían en las leyendas y en los cuentos infantiles. 
Intentó apartarse, mirando esta vez el suelo, no quería que viera la decepción y la desilusión brillar en sus ojos.
—No me crees—la voz de él hizo que le mirase a la cara de nuevo.
—¿Cómo puedo hacerlo? Me estás diciendo que eres un ser que sale en los cuentos, no puedo creerte. Yo…—estaba a punto de llorar. Ya le había entregado su corazón con las palabras que le escribió, y ahora su alma en cuanto le miró a sus ojos, por ese motivo le dolía ver que…
No. Negó con la cabeza. No podía ser verdad. Estaba enamorada de él, perdidamente enamorada de un hombre que decía ser el malo de los cuentos que se contaban a los niños para entretenerles antes de irse a dormir. 
Además, no quería creerle, pues de hacerlo, de aceptar que era uno de esos monstruos que siempre perseguían a los niños en los cuentos, no podría soportar temerle, no cuando sus ojos le hacían sentir la mujer más deseada y hermosa de mundo.
—Puedo demostrártelo, mi dulce—dio un paso hacia atrás alejándose de ella, y ante los asombrados ojos de Abbie el color de sus pupilas cambiaron, sus uñas se alargaron convirtiéndose en garras, su cuerpo se volvió más fuerte y atemorizante, y sus dientes asomaron por sus finos labios—. Soy un hombre lobo y tú eres mi compañera, desde esta noche te entrego mi alma, mi cuerpo y mi corazón—dio un paso hacia delante y le cogió las manos con suavidad, acariciándola agradecido al no sentir temor por parte de ella, sólo percibió curiosidad y sorpresa—. Me llamo Marcus Byron, Rey de los hombres lobo de Europa, y con mi sangre juro mis palabras—se hizo un corte con sus garras en la muñeca, manchó con su sangre sus dedos y dibujó una pulsera sobre la muñeca derecha de ella—. Seré el hombre más afortunado si aceptas mi juramento y me acompañas como mi compañera hasta que la muerte nos separe. 
El temor ante la sola idea de que fuera verdad sus palabras, se esfumó cuando le miró a los ojos, cuando comprobó la sinceridad de sus palabras, la entrega absoluta en sus gestos. 
No podía temerle. Aquel hombre al que apenas conocía tras un tiempo compartiendo hermosas misivas cargadas de sentimientos, le había robado el corazón. Además, no era tan atemorizante cuando se transformó, apenas se percibía rasgos animales en su rostro y en su cuerpo. No era el lobo sanguinario que describían los cuentos, si no el hombre que la enamoró con sus palabras y al que entregó su corazón cuando la tomó entre sus brazos, besándola con pasión. 
Su futuro incierto se evaporó delante de ella. Si permanecía en aquella casa sería desgraciada al lado de un padre que no la amaba y sólo esperaba desposarla para asegurarse un lugar en la sociedad. 
Si se iba con él…, si aceptaba su juramento. No tenía ni idea de qué futuro le deparaba, pero…
No lo dudó ni un segundo. Se iría con él. Su destino estaba a su lado. No podía imaginarse una vida sin él. Poco importaba que no supiera a dónde la llevaría, o qué sería de ella, deseaba acompañarle el resto de la vida, ser su compañera como él lo llamó, caminar a su lado aunque el mundo se disolviera a sus pies. 
Se arriesgaría, pues amar es riesgo, es lanzarse al vacío sin saber las consecuencias, es confiar ciegamente, entregándole a tu ser amado el mayor de los poderes: tu corazón. 
Abbie lloró de pura dicha antes de responder con voz rota, asintiendo a su vez con la cabeza, enfatizando cada palabra:
—Sí, sí quiero, te acompañaré allá donde vayas. Me enamoraste con tus cartas, y esta noche me entrego a ti como tu esposa—durante un segundo la duda regresó con fuerza, pues se iría lejos del único hogar que conoció, pero luego se dijo que era mejor enfrentarse a un destino incierto al lado del hombre que le robó el aliento y el corazón, que quedarse y desposarse con el barón. 
Marcus la tomó en brazos y la besó, demorándose unos minutos, saboreándola a fondo, memorizando su sabor, sus pequeños temblores, sus gemidos acallados con sus labios. 
—Mi amor, me haces el hombre más feliz del mundo. Lamento mucho tener que pedirte esto pero es apremiante que salgamos esta noche, ¿vendrás conmigo?
Abbie se puso de puntillas y le besó en la mejilla con dulzura antes de responderle:
—Por supuesto que sí, no podemos esperar, mi padre anunciará mañana mi compromiso con el barón Rodelstein y…
Un gruñido la asustó y la acalló, Marcus mostraba los dientes y sus pupilas se habían agrandado dándole un aspecto más salvaje.
—Ese barón está muerto si se atreve a acercarse a ti, eres mi compañera.
—No me tocará pues esta noche nuestras almas se han unido. Eres mío, al igual que yo soy tuya, y nada ni nadie nos va a separar. 
Marcus la atrapó en sus brazos, alzándola del suelo, apretándola contra su pecho. 
—Mañana te presentaré a mi familia, seré el hombre más envidiado del clan y el más afortunado al tenerte a mi lado. Pero ahora agárrate bien mi dulce, el viaje será movido, tengo el carruaje cerca de aquí y nos iremos al puerto donde nos espera el barco de mi familia que nos llevará hasta tu nuevo hogar en…
Abbie le calló con un beso suave en sus labios sin importar dejar todos sus recuerdos atrás. No necesita nada, ni ropas, ni joyas, ni siquiera las cartas que con tanto amor escondió bajo el colchón. Prefería que las encontrara su padre y supiera que había huido por amor, que le había deshonrado porque había entregado su corazón a un hombre que firmaba como tu eterno admirador, sin indicar posición o las riquezas familiares que poseyese, algo de lo que no dejaba de hablar el avaricioso de su progenitor:
—Mi hogar estará donde tú estés. 
La única persona que pasó por su mente mientras su amado saltaba desde el balcón para aterrizar de pie en los jardines que rodeaban la mansión fue su querida Sarah. Sonrió con pesar para sus adentros, estaba segura que la anciana estaría dichosa al ver que lo que ella con tanto cariño le aseguró, se había cumplido.
Marcus había acudido a ella para salvarla de su destino. 



35 años después, Islas Skye


—Y así niños, fue como secuestré a vuestra abuela y la convertí en mi esposa.
Los pequeños sonrieron y aplaudieron desde el suelo donde estaban sentados escuchando absortos a su abuelo. Habían escuchado esa misma historia cientos de veces, pero cada vez les gustaba más, podían ver el amor que le tenía el abuelo a la abuela a quien llamaba mi dulce o mi amor y abrazaba con cariño cuando la tenía cerca. 
Habían formado una familia numerosa con seis hijos y tres hijas, quienes a su vez se habían desposado y llenado la casa de niños, los cuales disfrutaban los días del verano en la casa de campo de los abuelos. 
—Que no os mienta este viejo lobo, pero él no me secuestró, me salvó y le estaré eternamente agradecida por haberlo hecho—escucharon la dulce voz de la abuela, quien en esos momentos entró en el gran salón portando una bandeja con dulces que olían maravillosamente bien—. Vuestro abuelo me salvó de una vida desgraciada.
—¿Por qué tu papá te quería casar sin tu consentimiento?—preguntó una de las niñas.
—Porque era un imbécil que no vio el verdadero valor que tenía tu abuela, pequeña—respondió Marcus sabedor de que a su dulce mujer aún le dolía el haber sido rechazada por su padre. 
Los años no consiguieron borrar el haber sido vendida por su padre a otro hombre, la frialdad de su progenitor para con ella. Era algo que la marcó y la hizo volcarse en sus hijos e hijas con celoso empeño. No quería que sus hijos e hijas no sintieran cada día que eran sus pequeño milagros, el mayor de los regalos que le concedió la vida. 
—¿Puedes volver a contarla de nuevo abuelo?—rogó otro de los pequeños.
—Sí, por favor, y cuando la salvaste del vampiro que la quería para él cuando estuvisteis en París. Me gustó mucho la parte en que luchaste junto al clan contra los vampiros en el cementerio de la ciudad—dijo otro de los niños mirando con expectación a Marcus, a quien todos consideraban su héroe pues fue un gran Rey entre los hombres lobo y a pesar de que cedió el cargo a su hija mayor, seguía siendo respetado y amado por los suyos.
—O cuando la secuestraron los del clan de los colmillos para chantajearte y…
—No, no, que cuente la boda, como cubrió el suelo de pétalos de rosas para que la abuela pasase por encima y…
—Niños, niños, calmaos, no atosiguéis al abuelo, ya os contará todas esas historias otro día, ahora toca merendar—dejó la bandeja en la mesa y le tendió la mano a su amado esposo con el que vivió grandes aventuras. 
Hubo peleas por supuesto, ¿qué matrimonio no peleaba?, pero cada día a su lado le confirmaba que su elección fue la correcta, pues se había entregado en cuerpo y alma a ese hombre y había sido correspondida con total devoción. 
—Haced caso a vuestra abuela pequeños diablillos—dijo Marcus antes de salir del salón de la mano de su esposa, dejando atrás a los pequeños que devoraban las galletas recién horneadas sin control.
—¿Ya te he dicho hoy lo hermosa que estás y cuanto me vuelves loco, mi dulce?
Abbie sonrió y se rió en alto, abrazando a su esposo. Los años habían pasado para los dos pero para ella seguía siendo el hombre imponente que la rescató, alejándola de Londres para siempre. 
—Creo que hoy sólo me lo has dicho dos veces, mi lobo.
—Pues tendré que remediarlo, mi dulce. Te amo, amor mío, siempre lo haré, en esta vida y en la siguiente seré tuyo.
—Y yo seré tuya, ya lo sabes. 
Y con un beso acallaron las palabras que brotaban de sus corazones, pues no les hacía falta decirse más, se tenían el uno al otro. Habían vivido una vida llena de felicidad, con muchas sorpresas, con pasión, siendo bendecidos con una gran familia unida que se apoyaban y se protegían con ferocidad. Eran dichosos, acostándose cada noche en la cama y abrazándose en la oscuridad, agradeciendo cada día la oportunidad de haberse conocido. 
El amor era el motor que movía su mundo, que les dio fuerzas para enfrentarse a las dificultades que se presentaron en sus vidas a lo largo de los años, que acallaba el cansancio para disfrutar del cuerpo del otro cuando las noche les daba la oportunidad de encerrarse en su alcoba durante horas hasta que la pasión los consumía y los saciaba.
Amor fue lo que inculcaron a sus hijos, y que ahora defendían con entusiasmo sus nietos.
Cierto es que la vida es apenas un suspiro en el que se lucha por ser feliz, y ellos lo consiguieron, y lo seguirían siendo hasta que la muerte les reclamase. 

1 comentario:

  1. Me encantó, sentir la felicidad de encontrar a su media naranja, es todo para los seres de la naturaleza del planeta.

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