domingo, 3 de julio de 2016

Relato corto de terror LA, LA, LI... LA LO - Sheyla Drymon



De regalo este domingo os dejo un relato que acabo de escribir tras tener un sueño de esos que te despiertas sobresaltada, un poco asustada y con ganas de escribir la aventura que presencié en el mundo onírico.

Lo más seguro es que tenga segunda parte para poder describir otro encuentro, que fue lo que vi en el sueño...

Espero que os guste.


Ya me diréis ;)







LA, LA, LI… LA LO

Sheyla Drymon



Código Safecreative: 160738294624
Imagen portada: Pixabay





La, la, li… la lo… —la suave voz de la niña se colaba entre el estruendo del pueblo.

Nadie se fijó en la pequeña que tatareaba una vieja canción, abrazando con fuerza su osito de peluche mientras avanzaba por la Feria Medieval que montó el Ayuntamiento en las calles del centro de la localidad.

Se detenía de vez en cuando para admirar las muñecas de arcilla, las coronas con flores, para disfrutar del dulce aroma de las fragancias y perfumes naturales, para…

—La, la, li… ¡oh! ¿Qué tienes ahí? —preguntó la joven señalando a un punto del colorido puesto.

—¿Lo qué, pequeña? —se interesó a su vez la artesana, quien lucía un apagado disfraz medieval, acorde a la Feria en la que estaba.

—Eso —volvió a repetir la niña, sin dejar de señalar con la mano derecha hacia el frente y abrazar a su osito con el brazo izquierdo, manteniéndolo pegado a su cuerpo.

—¿Esto de aquí? —Mostró la mujer una pequeña hada de arcilla polimérica que ese año tenía mucho éxito entre las niñas pues se parecía a unas hadas que salían en la televisión en una de esas series de amor, amistad y superación.

—No.

Vender cara al público no era sencillo, con los años aprendías a moderarte, a tener paciencia sobre todo con los clientes difícil que no comprendían que la artesanía, que el arte no tenía precios abusivos si no que eran piezas exclusivas que contaban las horas de esfuerzo, trabajo y mimo que le dedicaban sus creadores.

María tomó aire y miró a su alrededor en busca de los padres de la pequeña. Tal vez ellos podrían saber a qué se refería la niña.

—Pequeña, ¿dónde están tus padres?

La joven se quedó callada unos segundos mirándola fijamente, desviando los ojos hacia la derecha para luego volver a posarlos sobre ella.

Cuando ya creía que no iba a responderle y que se iría a otro puesto a rebuscar o a observar lo que exponían por pura curiosidad, la niña la sorprendió al decir:

—Están donde están los tuyos, esa señora me lo ha dicho. —Su mano señaló de nuevo al lado derecho a un punto que se veían las esculturas más caras de arcilla que realizó María y que colocó al borde de la mesa, muy cerca de ella para tenerlas controladas, pues si alguien las rompía se cargaría más de treinta horas de trabajo en cada una de ellas.  

—¿Qué señora? —acabó preguntando María, deseando que de una vez por todas apareciese los padres de esa pequeña y se la llevaran a otro puesto. Tenía que reconocer que estaba poniéndola nerviosa.

—Oh… —La niña bajó el brazo y abrazó al oso con las dos manos, acercándolo a su corazón. Enterró la cara en la mullida cabeza del peluche y cerró los ojos unos segundos antes de que contestara con su monótona y suave voz—. Ella dice que se llama Margarita, que está a tu lado por una promesa a tus padres, quienes están donde están los míos. Yo nunca he estado ahí pero ellos siempre dicen que es un lugar cálido y lleno de luz. ¿Tú crees que estará bien? Margarita dice que dentro de un mes te tocará ir con ella hacia ahí, así que… Espero que creas que será un lugar genial o te vas a poner triste.

Ninguna de las dos dijo nada más tras esas palabras. La niña dio media vuelta y se fue tatareando el estribillo de una vieja canción que ya nadie recordaba.

—La, la, li… la lo… —Observando con atención los curiosos puestos, y saludando con una sonrisa a los otros, o como ella siempre llamaba: “a ellos”, esos silenciosos acompañantes de los que la rodeaban que parecía que era la única que podía verlos.

Ellos la saludaban a su vez con sonrisas, con muecas divertidas que la hacían reír, moviendo sus manos en el aire… Ojala los demás pudiesen verlos. Eran muy agradables, siempre sonriendo, siempre cerca de quienes acompañaban como si fueran sus sombras. Además… lo que más le gustaba a Julie era que se podía ver a su través, que algunos de ellos eran de color blanco, otros grises y otros negros… Cuando ella fuera como ellos quería ser rosa.

Julie siguió cantando hasta que escuchó un gran estruendo y muchos gritos histéricos. Con curiosidad se detuvo cerca del puesto de los quesos y chorizos, no le gustaba el olor de las mesas que exponían la comida. Ella no comía esas cosas y le daban ganas de llorar cuando veía a los animales rodear las mesas, atravesando los trozos de queso, de chorizo, de carne o pescado disecado. Si los dueños de esos puestos los viese se asustarían seguro porque los animales eran muy ruidosos y cargaban contra quien se acercara a comprar, como si no estuviese dispuestos a que nadie comiese lo que quedó de ellos.

Esbozó una mueca de asco al ver un pescado salado colgado de un gancho y buscó a quien estaba haciendo esos ruidos, a quien gritaba de esa manera. Se sorprendió cuando reconoció a la mujer que fue tan amable con ella y que le enseñó las hadas de todos los colores.

¿Por qué gritaba y lloraba delante de la mesa donde hasta hace poco vendía sus creaciones? ¿Por qué lanzó al suelo varias de las hadas que vendía destrozándolas, esparciéndose centenares de trocitos de colores creando una alfombra de desolación en la que estaba sentada?

—Quizás no debí decirlo lo que Margarita me dijo, pero es que ella me aseguró que su sobrina necesitaba saberlo para hacer todo lo que siempre quiso y nunca se atrevió —murmuró para sí misma Julie, sin dejar de abrazar a su osito.

Ese mullido y viejo peluche era su única compañía, a quien le hablaba de todo lo que veía, de todo lo que le sucedía y no se enfurecía con ella como pasó con sus padres, ni la echaba de casa, ni la dejaba sola. Desde que se lo regalaron hacía ya tanto tiempo, su pequeño oso la acompañaba siempre, viajando con ella, descubriendo mundo.

—¡Ella! ¡Esa diabólica niña, me lo dijo! ¿Cómo podía saberlo? ¡Lo de mis padres! Ella me amenazó que iba a morir en un mes y…

Julie negó con la cabeza con pesar al ver que la amable artesana la señalaba entre los curiosos espectadores que se acercaban por morbosidad a ver qué sucedía.

Siempre pasaba lo mismo cuando hablaba, pero no podía decirles que no a “ellos”, eran muy alegres con ella, muy protectores y amables, con ellos no había mentiras, ni traiciones, lo que decían se cumplía y la saludaban siempre que la veían, sin importar que no se conociesen de nada.

Decidió que llegó el momento de irse de ese pueblo.

—Será mejor que nos vayamos al pueblo de al lado, ahí tienen muestras gratis de tés, quiero probar uno que sepa a fresas, ¿a qué estaría bien? —susurró a su oso, dando media vuelta, ignorando las miradas de los curiosos que se centraron en ella por los gritos de la artesana que se levantó con la intención de atraparla.

No podía hacerlo. A su alrededor “ellos” se pusieron en medio, bloqueando el camino, hasta los animales dejaron de gruñir y rondar la mesa donde exponían trozos de sus cuerpos, acompañaron a los primeros para defenderla. Aunque nadie más que ella parecía verlos, los demás sí que los notaban. A veces era una brisa fría que te acariciaba la nuca, otras los notabas porque algo se caía muy cerca de ti, o parecía que algo no estaba donde lo habías dejado… y muy pocas veces, notabas sus manos sobre tu cuerpo, acariciándote las piernas cuando duermes, o tironeando de las sábanas para despertarte.

"Ellos" la protegerían y la acompañarían junto a su osito en su aventura por el mundo.

Salió del mercado sin ser parada por nadie, y antes de alejarse de ese pueblo del que no recordaba ni el nombre, Julie se giró y saludó por última vez con la mano a todos “ellos” que la protegieron. Eran muchos, cada vez había más. Sonrió y les lanzó un beso que muchos de ellos “atraparon con sus manos” que luego pegaron a sus mejillas, un gesto que había visto hacer a algunos adultos y que le hacía reír.

Al dar media vuelta, comenzó a tatarear de nuevo la canción de cuna que hacía siglos que su madre le cantaba a su hermana pequeña.

—Un angelito… en mi ventana… viene a verme… cada noche… La, la, li… la lo…

Con pasos lentos avanzó hacia las afueras del pueblo, sin dejar de cantar.

A ella no la visitó un ángel la noche que sus padres la dejaron en el bosque en pleno invierno para morir por informarles de que su hermana pequeña iba a irse donde estaban los abuelos.

La visitó un Rey con capa negra montado en un caballo alado que le dijo si quería hacer de mundo su campo de juegos. No dudó en tomarle la mano y aceptar. El frío nunca le gustó y desde ese día, nunca lo volvió a sentir.

—La, la, li… la lo… —Era feliz, viviendo aventuras por el mundo y conociendo sitios que nunca creyó ver. Y lo mejor…

¡Adoraba el avión con el que surcaba el cielo y el algodón de azúcar! Lástima que sus padres y su hermana nunca podrán verlo, cuando estaba con ellos en la que fue su vieja casa, no existía nada de lo que había ahora, todo era oscuridad, frío y murmullos que te asustaban para que no te alejaras del pueblo.

El tiempo no era algo que le preocupaba, pero al ver el mundo con sus ojos infantiles sabía que habían pasado muchos años desde que aceptó la propuesta de su tío. Así es como él le decía que le llamara, aunque muy dentro de ella lo llamaba de otra manera:

Su ángel, su guardián, su Rey, su padre; quien la salvó ese día de invierno del frío y le dio una nueva vida llena de aventuras.



¿FIN?



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