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Deseos Navideños- Sheyla Drymon


Y si los sueños se hiciesen realidad en Navidad... ¿Qué pedirías? 


Este relato pertenecía a la novela Deséame, un recopilatorio de relatos eróticos que publiqué en Amazon, pero que he decidido publicar gratuitamente en mi blog. Espero que lo disfrutéis. 








Título: Deseos Navideños
Autora: Sheyla Drymon
Obra registrada en Safecreative
Portada: imagen de pixabay
Se prohíbe su distribución, sin permiso de la autora, al igual que el plagio o las adaptaciones de este relato. 



DESEOS NAVIDEÑOS







New York, 2010




Chica, tienes un problema.
Amanda Montgomery dejó la copa sobre la mesa y sonrió de lado.
No veo ningún problema.
¿Cómo qué no? Lo tuyo no es normal —Amanda arqueó una ceja sin dejar de mirar a su mejor amiga. La única que conocía su secreto, y que no dejaba de recordárselo cada vez que se acercaban esas fechas.
Lo tengo controlado, Candy. Sólo he de…—lo pensó unos segundos antes de responder—, alejarme de la tentación todo lo que pueda.
Candy Roberts se rió en alto. Amanda era su mejor amiga. La conocía desde niñas. Habían pasado buenos y malos momentos, apoyándose una en la otra. Pero cuando llegaba Navidad no podía dejar de recordarle que debía visitar un especialista para que la ayudase con su obsesión/fetiche.
¿Y cómo puedes alejarte de los Santa Claus si estamos en Navidad?
Amanda cerró los ojos. Ese era el dilema. El rojo era su fetiche. No. Debía especificarlo. Los hombres vestidos de rojo era su oscura maldición.
No recordaba el día en que sintió por primera vez deseo al ver a un hombre vestido con el traje de Santa Claus, pero año tras año cuando llegaba la Navidad era una auténtica tortura. Mirase a donde mirase sólo veía a hombres vestidos de rojo, con sus panzas ficticias, sus gorritos con el pompón, sus largas barbas de pega y ella…acababa corriendo hacia casa para aliviarse.
Abrió los ojos y los fijó en los azules de su amiga.
¿Cómo puedes alejarte de los Santa Claus si estamos en Navidad?
Aquella era la pregunta del siglo.
Y la respuesta era muy clara.
Del trabajo a casa, Candy. Por eso no quería quedar hoy contigo.
¡Oh! ¡Y vas a consentir que tú maldita obsesión te arruine la vida! —dejó su copa al lado de Amanda y continuó sin dejar de mirarla a los ojos—. Tienes 32 años, Mindy. No eres una niña. Si no sales más no conocerás a nadie. Y estas fechas no están hechas para quedarte en casa sola.
Pues si te confesara que me lo pasó muy bien con mis tres “amigos” juguetones que cumplen cada uno de mis deseos, no opinarías lo mismo, amiga.
Cada año me dices lo mismo, Candy. Pero no puedo remediarlo. Verles con esos trajes me excita.
Candy negó con la cabeza.
No puedo comprenderlo.
Ya estaba comenzando a enfadarse. No tenía porqué justificarse. Cada persona tenía algo qué le excitaba hasta el extremo de lanzarse a su amante buscando calmar el fuego que ardía en su interior. Para ella era el rojo. Más concretamente los hombres vestidos de Santa Claus.
Para Candy…
Como yo tampoco comprendo que a ti te guste que te den por detrás, Candy.
El silencio que siguió a sus palabras fue cortante, tenso. Pero lo agradeció. Cada año era lo mismo. La misma charla materno-amistad que Candy se daba el lujo de soltarle, sin pensar que ella lo pasaba mal esos días, que no dejaba de estar húmeda y excitada mientras caminaba por la calle. Gimiendo interiormente porque hasta el roce de sus braguitas provocaba la ardiente necesidad de que la tomasen duramente hasta que su cuerpo estallase en miles de pedazos.
Ya veo que contigo no se puede razonar.
Amanda rebuscó en su bolso y sacó el monedero. Buscó un billete de 10 y lo dejó sobre el mostrador. Esa noche le tocaba pagar a ella.
Será mejor que vayamos a casa. Estamos cansadas y esta conversación no lleva a ningún lado como bien has señalado.
Candy no la siguió cuando salió del local.
Estaba segura que el enfado le duraría unos cuantos días. No le importaba. Ya estaba un poco harta que le recordara una y otra vez su obsesión, cuando ella no miraba más allá de sus acciones, de sus fantasías.
Abrochó el último botón del abrigo y miró a su alrededor. Si encontraba uno de los hombres de rojo tomaría otro camino.
Suspiró aliviada al ver que no había ninguno, al menos en esa calle. Y comenzó a caminar rumbo al complejo en el que vivía.
Pero el destino iba a jugar con ella. ¡Y de qué manera!
No dio ni cinco pasos cuando se dio de bruces con un hombre que venía corriendo. No lo vio porque estaba comprobando los mensajes recibidos en el móvil. Cuando levantó la cabeza para insultar al desgraciado que había chocado con ella se quedó muda.
Discúlpame, tengo algo de prisa. Debo entregar un regalo y…
No escuchó nada más. Su mente se quedó en blanco y lo único que hizo fue mirarle fijamente, devorándole con la mirada.
Era…
Era…
Su fantasía sexual andante.
El Santa Claus más bueno que había visto en su vida.
Lo que siempre se había imaginado cuando se masturbaba con sus vibradores.
Alto, fornido, con una sonrisa de diablo, ojos magnéticos y brillantes, mentón cuadrado y una melena en la que podía enterrar sus dedos mientras lo montaba y…
Antes de que sus pensamientos tomasen un camino de no retorno, Amanda se obligó a tragar saliva y a desviar la mirada.
Le costó, pero lo consiguió.
No…, no pasa nada. Sólo fue un accidente. Buenas noches.
Lo último casi lo chilló, mientras luchaba contra el deseo.
Dio media vuelta y apuró el paso, buscando alejarse de aquel bombón que ansiaba lamer y chupar hasta que soltara toda su nata.
¡Espera!
Ignóralo. Ignóralo. No te está llamando a ti.
¿Amanda Montgomery?
Se detuvo en seco. ¿Cómo era posible que ese hombre supiese quien era? Palpó su bolso para ver si la cremallera estaba abierta o cerrada, barajando la posibilidad de que se le hubiera caído la cartera. Pero no. Estaba cerrada y su cartera a buen recaudo dentro de su bolso.
Se volvió mostrando una expresión de sorpresa y sospecha. A la menor señal de acoso se pondría a gritar como una loca pidiendo ayuda en medio de la calle.
¿Cómo sabes mi nombre?
El hombre pareció aliviado, como si le hubiera quitado un peso de encima.
Menos mal que te encontré. Eres la última de mi lista.
¿Qué lista?
Él mostró una sonrisa abierta que la dejó entumecida, con el corazón palpitándole contra el pecho a un ritmo alarmante que rallaba la locura.
La de las niñas malas, ¿cuál va a ser?
¿Por qué todos los buenos o son gays, o están casados o les faltan varios tornillos? Se lamentó para sus adentros, dando un paso hacia atrás a punto de dar media vuelta y echar a correr hacia la primera tienda abierta que encontrase a aquellas horas y refugiarse en su interior hasta que la policía llegase en su ayuda.
Comprendo que no seas una creyente, pero esta noche cumpliré tú…
Lo que tienes que hacer es dar media vuelta y largarte antes de que me ponga a gritar.
El extraño tuvo el descaro de echarse a reír.
¡Y qué risa!
¡Oh, Dios! Si seguía así acabaría notándose a través de su pantalón la humedad que comenzaba a rezumar entre sus piernas.
Sabía que hacía bien en dejarte la última. Estaba seguro que ibas a ser la mejor de todas.
Si das un paso más te golpeo con el bolso, gilipollas.
El hombre se detuvo en seco, cruzó los brazos sobre su pecho y la miró con expresión burlona.
¿Y te vas a perder el mejor polvo de tu vida? —no pudo responderle. Se quedó en blanco. Pero la expresión que debió poner fue suficiente como para mostrar lo que estaba sintiendo en esos momentos. Una lucha interna en la que estaba perdiendo la razón contra el deseo. Por un lado estaba ante un total desconocido que sabía su nombre, que decía que ella estaba en una lista de niñas malas pasándose con el papel que estaba representando vistiendo con aquel apretado y sexy traje rojo que parecía de cuero, por otro, estaba la promesa de arrancarle el traje y aliviar el intenso deseo que la estaba atormentando en esos momentos—. No lo pienses más Amanda. ¿O vienes conmigo y pasarás la mejor noche de tu vida o regresas a tu casa y gastas las pilas de tus “amiguitos”?
¿Cómo es posible qué..?
¿Conozca la existencia de tus vibradores? —finalizó la frase por ella. Amanda asintió—. Digamos que te conozco bien. Pero esa no es la cuestión. ¿Vienes o no?
Le tendió la mano.
Los segundos pasaron lentamente.
¿Ir o no ir?
¿Arriesgarse o volver a la seguridad de su casa?
¿No te dice siempre Candy que debes salir más? ¡Adelante!
No lo pensó más.
Dio un paso hacia delante y tomó la mano que le tendía, estremeciéndose al notar el calor que transmitía.
Buena elección, Amanda. Esta noche será única. No podrás olvidarla jamás.
De eso estoy segura. Admitió para sus adentros, siguiendo en silencio al extraño vestido con un ceñido traje de Santa Claus. Nunca podré olvidar la noche en que me voy a tirar a Santa Claus.


Diez minutos después


Ponte cómoda, preciosa.
El trayecto hacia el hotel fue como si estuviese en medio de un sueño. Estaba caminando, tomada de la mano del extraño pero no era realmente consciente de lo que estaba haciendo. Y ni qué decir cuando entró en la suite del mejor hotel de la ciudad.
Estaba anonadada, con el corazón golpeando furiosamente contra el pecho y la respiración entrecortada.
Pellízcame porque no me creo lo que está pasando.
No fue consciente que lo dijo en alto hasta que el bueno de Santa le pellizcó el trasero.
Y más que te voy a hacer, en cuanto te arranque esos vaqueros que llevas, Amanda. Pienso lamerte entera, gritarás mi nombre cuando termine la noche.
Tembló y se removió en el sitio, excitada no sólo por sus palabras si no por sentirlo detrás de ella.
Lo dudo mucho —su voz denotó el nerviosismo que estaba sintiendo en esos momentos.
Él la giró y le levantó el mentón con suavidad.
¿Eso es un reto, Amanda? Porque te puedo asegurar que nunca he perdido una apuesta.
Pues esta será tú primera vez.
Y la tuya —susurró, acercándose más a ella hasta que la aprisionó entre sus brazos.
Pero qué…
La acalló con un beso.
Fue exigente. Lamiéndole los labios hasta que consiguió que los abriese y entonces empujó su lengua dentro de ella, excitándola al probar su sabor, derritiéndose ante sus sensuales caricias.
Antes de separarse le mordisqueó el labio inferior enviando una oleada de deseo a su inflamadísimo y palpitante clítoris, provocando que se humedeciese más por culpa de él.
Perfecta —al escuchar su ronca voz, Amanda entreabrió los ojos. Se quedó sin aliento al ver la intensidad de su mirada.
No bromees conmigo —estaba nerviosa, y cuando lo estaba era incapaz de sujetar la lengua.
La sonrisa que le mostró era arrebatadora y llena de promesas.
Nunca lo hago, cielo —apoyó sus manos en su cintura, apretándosela unos segundos antes de comenzar a acariciarla ascendiendo lentamente.
No pudo evitar quedarse mirando fijamente aquellas manos, que la acariciaban por encima de la ropa enviándole pequeñas descargas eléctricas que estaban inflamando el fuego de su interior. Tener a su fantasía delante de ella, desnudándola con la mirada y acariciándola como si fuera lo más preciado del mundo era un sueño del que no quería despertar.
Con curvas, como a mi me gusta.
Amanda soltó una carcajada nerviosa. No era una modelo de pasarela. No medía más del metro sesenta y la talla de pantalón en las grandes marcas comerciales era una de las que se consideraban “talla grande” por los diseñadores. No nació para modelo y lo aceptaba, pero eso no significaba que se sintiese cómoda desnuda ante otra persona que no fuese su reflejo en el espejo.
Dirás rellenita, con kilos de más.
Él se apartó para poder mirarla a los ojos. En ellos leyó reproche.
Estás muy buena Amanda. Con curvas, tal y como nos gustan a los hombres. Cuando me acuesto con una mujer —Fuera celos, fuera celos, él no es nada tuyo. No pudo evitar pensar la joven, perdiéndose unos segundos en su mente, odiando la sola idea que otra mujer hubiese sido besada por él tal y como la había besado a ella—, quiero poder tocar carne, poder hundir mis dedos en su cadera mientras me la follo correrme entre sus llenos pechos. No te sobran kilos, estás muy apetitosa.
Estaba ruborizada. Lo podía sentir. Sus mejillas en esos momentos debían de estar de un rojo tomate por sus palabras.
Pero ahora no es el momento de hablar —le arrancó el abrigo y lo lanzó al suelo. Se quedó muda pero juraría que vio cómo volaron los botones después del desgarrón. La camisa que llevaba corrió la misma suerte. Acabó olvidada en el suelo a un paso de ellos—. ¡Joder! Quiero mordértelos, chuparte los pezones y correrme entre tus tetas.
En las novelas que leía de noche, él alababa los generosos pechos de su amante comparándolos con una fruta, en cambio su fantasía andante se los estrujó y manifestó en alto lo que pensaba hacerle.
Comprobó que le ponía más la segunda opción. En aquellos momentos no quería palabras bonitas, halagos que luego se olvidarían. Quería caricias salvajes, que la lamiese de arriba abajo, que jugara con sus pechos pellizcándoselos y mordisqueándoselos, que sumergiera sus dedos entre los pliegues de su coño y la aliviase del intenso deseo que la acosaba.
Haré eso y más —le susurró al oído, mientras le bajaba la cremallera con una mano mientras que con la otra le desabrochaba el sujetador negro.
Amanda cerró los ojos extasiada cuando sintió su lengua jugar con sus pezones.
Tan rica.
Gimió en alto ante el placer que experimentó cuando una de sus manos se coló entre su pantalón entreabierto. Instintivamente se movió, abriéndose más, quedando expuesta delante de él, con la cabeza echada hacia atrás y sus braguitas de encaje negro junto al pantalón a la altura de su cadera, mostrando su afeitado monte de Venus.
La acarició allí donde más lo necesitaba. Dibujando pequeños círculos sobre su palpitante y agitado clítoris, provocando que jadeara en alto y moviera las caderas hacia delante buscando más, sin poder contenerse.
Estás húmeda.
Sí. Gimió para sus adentros. Estaba húmeda desde el momento en que lo vio con aquel apretado traje rojo.
Le necesitaba. Quería que la tomara. Cuando el mundo estallase dentro de ella, ya le pediría que fuera despacio.
Más —exigió con voz enronquecida, cerrando los ojos de puro placer, sin dejar de mover las caderas al ritmo de sus sensuales caricias.
Él la soltó y dio un paso hacia atrás.
Con la respiración entrecortada y a punto de darle una patada por separarse cuando estaba comenzando a sentir pequeños relámpagos en su interior, Amanda abrió los ojos y le miró fijamente.
¡Joder! Quería ir despacio. Desvestirte lentamente, volverte loca con mis caricias. Pero el que se está volviendo loco soy yo si no te la meto ya.
¡Qué romántico! Pensó con ironía Amanda.
Pero no pudo pensar más cuando vio cómo se desabrochaba la chaqueta del traje rojo.
Jadeó en alto al ver que no llevaba nada por debajo, exponiendo sus marcados abdominales.
Pero ya no pudo contener su lengua, expresando en alto lo grande que era cuando bajó la cremallera del pantalón y dejó libre su polla.
Sí nena, y esta noche será toda tuya.
Amanda se estremeció entera y entre sus pliegues brotó más miel, humedeciendo las caras internas de sus blancos muslos.
Las piernas le temblaban y no sabía muy bien qué hacer. La idea de tumbarse en la mullida alfombra que había en la sala de la suite no era tan mala idea, hasta estaría dispuesta a ponerse a cuatro patas y rogarla que la tomara duramente, enterrándose profundamente dentro de ella mientras le acariciaba los pechos.
No tuvo necesidad de expresarle en alto lo que estaba pensando. Él la tomó en brazos y avanzó con rapidez los metros que los separaban de la sala al dormitorio, pisando con fuerza las alfombras persas que cubrían los suelos.
La dejó en la cama y le atrapó las piernas, empujándola hasta que quedó en el borde.
Amanda gimió. Nunca antes había compartido una noche como aquella, en la que la vergüenza desapareció por completo y en su lugar apareció el crudo deseo que la consumía.
Fuera pantalones —gruñó el hombre arrancándoselo antes de acomodarse entre sus abiertas piernas—. Sube las piernas —así lo hizo, quedando sus rodillas a la altura de sus codos. Esa postura nunca la había probado. Las escasas ocasiones en las que compartió una noche con hombres solía quedarse quietecita mientras él empujaba encima de ella en la habitual postura del misionero. Al principio fue un poco incómodo, los músculos crujieron quejándose por la postura, pero en el momento en que él se deslizó y de rodillas delante de la cama sumergió su rostro entre sus piernas, se olvidó de todo, de la incomodidad de la postura, de lo vergonzoso que era, de todo.
¡Oh, Dios! —jadeó, cerrando los ojos de puro placer.
Su lengua era puro volcán, consumiéndola con sus lametazos, con sus caricias rápidas y lentas a su clítoris. Era deliciosamente una tortura que deseó que nunca terminara, hasta que la sintió invadir su coño, penetrándola muy lentamente para luego dibujar un círculo antes de abandonarla. Ahí fue cuando deseó sentir más, sentirle completamente dentro de ella, empujando con fuerza, colmándola con su tamaño, aplastándola con su peso.
Más —gimoteó, removiéndose en el sitio.
Qué prefieres nena, que te chupe el clítoris o que te folle.
¿Pero es que quería acabar con ella?
¿Cómo iba a elegir?
Lo quería todo.
Más, lo quiero todo.
No supo si la carcajada que soltó el hombre fue por el tono de su voz – que juraría que sonó desesperada- o por la mirada asesina que le dirigió al ver que se había separado de su coño y había dejado de hacer lo que estaba haciendo.
Exigente, ¡eh! Pues primero te follaré y luego iremos a la ducha donde me la chuparás, para luego regresar a la cama y te correrás en mi boca antes de que te vuelvas a correr cuando te folle de nuevo.
Pero deja de hablar, ¡joder! —protestó cansada de tanta palabra. Quería más acción. No había cometido la locura de acompañar a un auténtico desconocido hasta el mejor hotel de la ciudad para hablar. Quería sexo. Salvaje, crudo. Inolvidable. Que al día siguiente aún le siguiese sintiendo en su interior.
Él se inclinó hacia ella cubriéndola con su pecho, aplastándola levemente. Le sujetó las piernas y se las entreabrió más.
La molestia por la expuesta postura fue olvidada en el instante en que la cabeza de su gran y erecta polla rozó su humedecida entrada.
Toda mía —gruñó con voz enronquecida mientras se enterraba completamente, tomando por sorpresa a Amanda quien gimió en alto al ser ensanchada y colmada por dentro—.¡Oh, joder! Eres tan estrecha.
Y tú tan grande. Pensó mientras procuraba acostumbrarse a la intrusión. Por suerte, él permaneció unos segundos quieto, sin moverse. Segundos que aprovechó para abrir los ojos y mirarle, maravillándose por la expresión extasiada que mostraba.
¿Es que no piensas moverte?
Su exigencia rompió el silencio que les envolvió desde el momento en que él la penetró. Como si hubiera roto la cadena que contenía a la bestia que moraba en el interior del hombre, comenzó a moverse, primero lentamente, dando empujones profundos que lograba que jadeara en alto. Con las piernas abiertas y apoyadas en sus anchos hombros lo sentía muy dentro de ella, rozando partes de su anatomía que nunca nadie logró tocar.
Ah, ah —era incapaz de contener los gemidos que brotaban de su boca. Estaba siendo tomada por un hombre que seguía vistiendo el traje rojo, que lograba llenarla completamente y que se movía como un demonio lujurioso que sabía qué ritmo tomar para volverla loca.
Instintivamente apretó los músculos internos de su vagina. Aquello provocó que se quedara quieto unos segundos dentro de ella.
Así, así, vuélvelo a hacer —así lo hizo. Los apretó de nuevo, un ejercicio que practicaba a diario gracias a la recomendación de su ginecólogo que no dejó de repetírselo diciéndole que eran buenos para evitar la incontinencia urinaria cuando entrase en la menopausia—.¡Oh, joder! Eres muy buena.
Eres el primero que me lo dice. Pensó, recordando malas experiencias en su vida. Los escasos amantes que tuvo siempre le aseguraron que era un pez frío, que no era un ser sensual.
Los empujes se volvieron más rápidos, más profundos, moviendo la cama bajo ellos.
Cansada de la postura se quejó en alto e intentó mover las piernas. Él comprendió su incomodidad al momento porque la liberó, se separó y se acostó sobre ella una vez que estiró las piernas quedando con los pies colgando por fuera de la cama.
Ya arreglaremos tu falta de flexibilidad.
Ya me gustaría verte a ti con las piernas espatarradas hacia arriba y abiertas de par en par, haber si puedes hacerlo, bonito.
Le separó las piernas y se acomodó entre ellas antes de volverse a sumergir en su interior.
¡Oh! Y yo que quería probar todas las posturas del kamasutra contigo.
Sabía que estaba bromeando con ella. Aquel era un encuentro de una sola noche. En cuando se corriese un par de veces, durmiese para recuperarse del cansancio, se levantaría antes que él – o al menos así lo pretendía- y se largaría a casa, a lamentarse de la locura que estaba cometiendo.
Cierra el pico, nene y sigue moviéndote. Aún no me he corrido y ha pasado —miró el reloj de su muñeca con gesto teatral antes de decir—, diez minutos desde que te has bajado los pantalones mostrándome a tu pequeño amiguito.
Sus palabras no le molestaron, es más, pareció que le gustó, porque soltó una carcajada antes de penetrarla hondamente, logrando que jadeara en alto.
¿Pequeño, eh? —volvió a moverse lentamente, saliendo casi del todo para luego sumergirse hasta hundirse completamente en su coño. La cama se movía debajo de ellos, y antes de que se diera cuenta, ella se encontraba tumbada del todo sobre el mullido colchón, con él encima cubriéndola con su pesado cuerpo. Una nueva sacudida. Un nuevo jadeo—. Por tus gemidos no debe ser tan pequeño, preciosa.
Imbécil —murmuró con voz jadeante y aguda, Amanda, mirándole a los ojos. Agradecía que la nueva postura, el que se él la hubiese movido, empujándola hacia arriba cuando salía casi del todo de ella.
Puede ser —concedió él, sin dejar de moverse dentro de ella. Muy lentamente, disfrutando de la calidez de sus estrechas y húmedas paredes, llegando a acariciarle el clítoris al estar tumbado sobre ella—. Pero desde esta noche, seré tú imbécil.
No le hizo casi a sus palabras. Ella no era estúpida y sabía que en un momento de calentón un TE QUIERO podía ser dicho con mucha facilidad para luego ser olvidado, así que optó por concentrarse en el intenso placer que estaba sintiendo al ser acariciada por dentro y por fuera. Su palpitante clítoris lloraba cuando el hombre se alejaba para tomar impulso y se removía de placer, enviando una corriente eléctrica por todo su cuerpo, cuando él se encontraba de nuevo con el mientras sumergía hasta el fondo su polla.
El ritmo de sus embestidas crecieron, fueron haciéndose más salvajes. Las pelotas de él se tensaron, mientras golpeaban la entrada de su coño con cada embestida. El colchón crujió y el cabezal de la cama golpeó la pared siguiendo el salvaje ritmo que ambos marcaron. Él se sumergía profundamente, y Amanda alzaba sus caderas para encontrarlo, deseando sentirlo muy dentro de ella, hasta dónde el límite rallaba el placer con el dolor.
Calor. Abrasador. Recorriendo sus venas. Alcanzando cada parte de su cuerpo, hasta que la explosión de puro placer la tomó por sorpresa. La quería, la deseaba y la abrazó por completo, dejándose llevar por el orgasmo.
Lanzó un grito que resonó en las paredes del dormitorio, y que fue acallado por el rugido que brotó de la garganta del hombre, quien descargó dentro de ella, disfrutando de la tensión de las paredes de su vagina quien le abrazó con ansiedad hasta ordeñarlo por completo.
Cuando el orgasmo remitió algo, él se alejó, quedando recostado de lado, sin dejar de acariciarla, como si no deseara soltarla. Su polla descansaba dormida y humedecida por su simiente y los jugos calientes de ella, sobre el colchón acariciando la rojiza tela del pantalón que aún vestía.
Su coño palpitaba, los vestigios del orgasmo aún seguían recorriendo su cuerpo, y estaba segura que se espalda comenzaría a quejarse cuando el calor del momento pasase, pero en esos momentos no se arrepentía de nada. Era el mejor orgasmo que había experimentado en su vida. Se sentía exhausta como si hubiese corrido una maratón, con el cuerpo relajado pero a la vez tenso, con la respiración agitada y el corazón bombeándole contra el pecho con furia. La mente se le quedó en blanco y ahora lo único que era capaz de asimilar era el placer que aún experimentaba en esos momentos.
La próxima vez lo haremos despacio, quiero saborearte.
Después de una buena ducha —le respondió, recordando el plan que había orquestado el hombre. Ducha, mamada, le comería el coño y la follaría (y esta vez se aseguraría de esta encima). ¿No sonaba tan mal, no?
Él se rió y le acarició la mejilla con una dulzura que hizo que se estremeciese. Por un segundo creyó ver en sus ojos algo más que el deseo que sabía que sentía por ella.
Lo recuerdo, y así lo haremos. Pero antes que nada —deslizó su dedo por su rostro, hasta posarse en sus carnosos y sonrosados labios—. No gritaste mi nombre.
Por que no tengo ni idea de cómo te llamas.
Él mostró una sonrisa de lado, y se alejó de ella, para rebuscar entre los bolsillos de su pantalón. Sacó un papel amarillento que le recordó a un posit, y se lo tendió.
Cuando lo tuvo entre sus manos, Amanda jadeó en alto.
No puede ser. Esto no es real.
No le miró a los ojos. Estaba con la mirada clavada en la irregular letra del papel.
Lo tengo desde el año pasado, nunca encontré tiempo para cumplir este deseo. Pero a partir de esta noche, tu deseo se hará realidad —él se agachó hasta besarla, jugueteando con su lengua, encendiéndola de nuevo.
Amanda sintió como la renovada polla de él la rozó. Ya estaba listo y dispuesto a una segunda ronda.
Creo que la ducha será para luego. Una vuelta más y luego te llevaré a la ducha.
No eres real. No puede ser real que tú tengas ese papel que escribí el año pasado. Estaba borracha y deprimida y lo quemé y…
La volvió a besar mientras se acomodaba de nuevo sobre ella. Algo dentro de ella la obligó a abrir las piernas y a darle la bienvenida. Estaba sensible, con el clítoris aún palpitante, y por este motivo cuando comenzó a embestirla el placer volvió con más fuerza, creciendo sin piedad dentro de ella.
El papel quedó olvidado, y acabó boca arriba en el suelo.
Las letras eran irregulares.
El papel estaba amarillento y con las esquinas rotas.
Pero se podía leer con claridad.


Sólo deseo una cosa. Qué Santa Claus exista y que me pertenezca, que sea mío, que cumpla mis deseos, que sea cómo siempre me lo imaginé y más. Que sea mío para siempre”


Ahora sí tenía un nombre que gritar cuando alcanzase el orgasmo.


Nicholas.




FIN



Comentarios

  1. Es un deseo muy tentador...
    Mi deseo se lo voy hacer, para mejorar...
    Ya saben qué???

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