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Escritora de día, seductora de noche- Sheyla Drymon



Relato erótico contemporáneo perteneciente al recopilatorio Deséame, publicado en Amazon y el cual he retirado de su venta para poder regalar cada relato de manera gratuita a mis lectoras. Espero que os guste la divertida historia de Amanda.







Título: Escritora de día, seductora de noche
Autora: Sheyla Drymon
Erótico contemporáneo
Obra registrada en Safecreative
Portada: imagen pixabay
Se prohíbe la distribución, adaptación de la obra sin permiso de la autora, y se prohíbe además el plagio.




ESCRITORA DE DÍA, SEDUCTORA DE NOCHE



100 páginas.
Me quedaban 100 páginas para terminar la novela y el plazo que me concedió la editorial finalizaba en dos días.
100 malditas páginas.
Imposible. No puedo hacerlo —murmuro con voz derrotada. Estoy sentada frente a la tintineante pantalla del ordenador.
Releo la última frase que escribí.
El dulzor de sus jugos era embriagador, adictivo”
Tengo la historia en mi cabeza. Puedo verla como si fuera una película, pero soy incapaz de plasmar aquello que visualizo con tanta claridad.
Estoy estancada y ver que no avanzo ni una mísera línea, me frustra.
Debo tomarme un descanso —me estiro, levantando los brazos por encima de la cabeza. Escucho como cruje mi espalda. Me siento como si me hubiera pasado un tren de mercancías por encima—. Tengo que hacer más ejercicio —además del zapping.
Dejo atrás el despacho y camino por el silencioso apartamento hasta la puerta de entrada. Ni siquiera me paro ante el espejo del recibidor para ver cómo estoy. Bien sé que puntas tengo.
El vaquero viejo que llevo puesto me queda grande, al menos 1 talla, y la camiseta que llevo a juego –que bien combinan, nótese ironía –está desteñida– nota mental: dejar un posit agradeciendo a la vecina que decidió tirar lejía por el patio interior.
Cuando salgo de casa me encuentro de frente la puerta del ascensor, ¿así cómo se supone que voy a hacer ejercicio si hasta el propio edificio se pone en mi contra?
Resisto a la tentación y por primera vez desde que resido ahí, opto por las escaleras.
Cuando llego al portal, y estoy a punto de salir se me ocurre mirar mi reflejo en la cristalera que cubre una de las paredes de la espaciosa entrada.
¡Oh, Dios! —exclamo consternada con la mirada clavada al suelo—. Menos mal que aún no he salido —susurro con las mejillas sonrojadas. Muevo uno de mis pies. Llevo puestas las zapatillas rosas con las que ando habitualmente por casa.
Esta vez presiono el botón del ascensor y espero ansiosamente –y rezando por dentro que no aparezca alguno de mis cotillas vecinos y me vea en zapatillas– a que se abran las puertas.
Diecinueve largos y bochornosos segundos, es lo que tarda el ascensor.
Nada más abrirse las puertas prácticamente salto hacia el interior del estrecho cubículo. Presiono el número de mi planta y me apoyo contra la pared, suspirando con alivio.
Lo reconozco, tengo baja autoestima, me daría vergüenza que me vieran con zapatillas de andar por casa – y ¡rosas! Si ya recorre por el edificio el rumor que soy ermitaña y medio loca, no quiero imaginarme que dirían de mí, las chismosas de mis vecinas.
Se detiene el ascensor. Estoy a punto de salir al creer que ya había llegado a mi planta cuando me encuentro cara a cara con Don Perfecto.
¡Ah! —exclamo como una tonta, mirándolo boquiabierta.
Buenas tardes —su voz produce que me recorra unos escalofríos, y no precisamente de frío—.Veo que regresas a casa.
Tierra trágame. Murmuro para mis adentros, al ver cómo su mirada recorre con lentitud mi cuerpo. Cuando nuestros ojos se reencuentran, recuerdo que espera que le dé una respuesta.
Eh… —espabila tía o va acabar pensando que tienes sólo tienes dos neuronas y una de ellas de vacaciones—. Sí, voy para casa. Aún tengo que escribir 100 páginas y el plazo se me agota.
¡Oh! ¿Escribes? —mierda, soy imbécil. No quiero conversación. Sólo deseo salir de ahí, encerrarme en mi casa y maldecir al destino por ponerme cara a cara con mi sueño erótico, con el hombre que aparecía en mi mente cada vez que le gastaba las pilas a mi “Orgasmo de bolsillo”.
¿Estás bien?
Al escuchar de nuevo su ronca (por Dios no hables más que me estoy poniendo mala) voz, le contesto finalmente:
Sí, es que el calor me atonta, lo siento —y tenerte a menos de medio metro, me está alterando mucho—. ¿Qué colonia usarás? —no supe que esto último lo había dicho en voz alta hasta que le escuche decir:
No uso nada. ¿Por? ¿Huelo mal?
¡No! Hueles a pecado, a pura tentación. Murmuré en mi mente, en cambio le contesté:
No me hagas mucho caso. Llevo una semana que apenas duermo un par de horas al día —hoy es el día de las excusas, debo recordar marcarlo en el calendario.
El ascensor se detiene.
Esta vez sí es mi planta.
¡Sí! Chillo feliz por dentro.
Casi le atropello cuando salgo del ascensor. Al ver que he sido algo (¿Algo? ¡ja!) ruda me giro, le sonrío y me disculpo.
Lo siento, no estoy acostumbrada a hablar con extraños. Que tengas una buena tarde —Porque yo seguro que la tendré, en cuanto entre a casa buscaré en mi cómoda, en el segundo cajón a mi pequeña mascota, para aliviarme.
No espero respuesta, ni a que las puertas se cierren, doy media vuelta y busco las llaves de mi casa.
Abro la puerta y estoy a punto de entrar cuando unos brazos me atrapan desde atrás.
Suelto un chillido de sorpresa y temor, e intento liberarme, pero los brazos me aprietan más contra el caliente y duro cuerpo que me atrapó.
Ahora que al fin te tengo entre mis brazos, no te voy a soltar.
Le reconozco. Es el protagonista de mis sueños eróticos.
¡Suéltame! —consigo gritar, alejando el deseo que apareció en mi interior al sentirlo contra mí, al escuchar sus palabras.
Cuando sus labios se posan en mi cuello, me quedo sin palabras. El corazón me late desbocado y no puedo evitar que un gemido brote de mis labios.
Llevo tiempo esperando a que te percates de mi presencia.
¿Qué me percate de su existencia? Pienso, con sorpresa. ¿Es que acaso era ciego? Si era el hombre más hermoso que había conocido en su vida. Perfecto. Absolutamente perfecto. Me sacaba dos cabezas, intensos ojos negros, labios que invitaban a lamer, morder y besar, brillante cabellera en la que enterrar los dedos cuando…
¡No! —grito. Pero no por él, si no por el rumbo que está tomando mis pensamientos. Estaba a un paso de desnudarlo en mi mente.
Él me suelta. Al verme libre, maldigo por lo bajo. Extraño el calor de su cuerpo.
¿No? —su voz suena seca. Forzada —.Mis disculpas. No pretendía…
No le dejo terminar la frase. Me giro y me lanzo a sus brazos. La mueca de sorpresa que reflejó su rostro se evaporó en cuanto le besé. Mi lengua le lamió, mis dedos se enterraron en su cabello, al tiempo en que me muevo contra él, pegando mi cuerpo al suyo.
Pura agonía.
Abrasador calor.
Deseo y placer.
Me separo para tomar aire. Sus labios están enrojecidos, no pude reprimirme, le mordisqueé con gula, tironeando levemente su labio inferior al que atrapé entre mis dientes.
¡Más! —medio gimoteo, con voz exigente, ronca. Escucho los latidos de mi corazón, golpeando desbocados contra mi pecho.
Le deseo.
Ardo por él.
Don Perfecto sonríe. La sonrisa que muestra es pícara, seductora.
Le dejaré creer que es él quien lleva las riendas de aquel encuentro, pero soy yo quien le agarro del brazo y lo empujo dentro de mi apartamento.
Sin decir una palabra, le llevo hasta el salón.
Espera —me dice cuando comienzo a desvestirlo, desabotonándole la camisa en medio del salón, a un paso del sofá.
No quiero esperar y ver que se aleja, quiero aprovechar el momento. Disfrutar de aquel regalo de los cielos. Los remordimientos, las horas sin sueño mientras rememore una y otra vez la locura que estaba a punto de hacer, llegaría más tarde. Ahora, sólo lo quería desnudo sobre ella –o debajo, como prefiriese.
¿Y ahora qué? —ups, soné brusca. Debo pulir mi trato con la gente, o mi fama de ermitaña chalada se extenderá por toda la ciudad.
Don Perfecto se echa a reír.
Quería proponerte que me indicaras dónde queda tú cuarto, pero si lo prefieres hacer en el sofá, no me quejaré.
Me quito la desteñida camiseta, que dejo caer al suelo.
Espero que tengas condón, o no te la dejaré meter.
Lo veo boquear, probablemente sorprendido por mi crudeza. Debo recordar que en esos momentos no era Elise Dubrait, famosa escritora de romántica erótica, si no Amanda Johnes, vecina iracunda que no hablaba ni se relacionaba con nadie del edificio.
Su risa me eriza el vello del cuerpo. Ronca. Grave. Con oscuras promesas de placer. Tal y cómo me la imaginaba.
Eres un cielo, señorita Johnes, el sueño de cualquier hombre.
O su pesadilla. Pienso, al recordar a mi único amante, al que creí amar pero con el que descubrí que la traición destrozaba los cimientos de una relación, por mucho que escucharas juramentos y promesas de perdón.
¿Por qué estás aquí? —le pregunto, sintiendo el amargo sabor de la duda. Él no la conocía de nada, sólo lo había visto un par de veces en el portal y nunca habían compartido más de 2 minutos de espacio.
Si se sorprendió por mi pregunta no lo dejó entrever. Sus labios seguían curvados en una abierta sonrisa y sus ojos brillaban, como si realmente disfrutara con aquella extraña conversación.
Porque me pones duro cada vez que te veo —debo haber puesto cara de incredulidad, porque él continúa mientras se desabotona la camisa—.Tengo que luchar contra las ganas de aplastarte contra la pared, arrancarte los pantalones y hundirme en tu interior hasta explotar.
Debo anotarlo. Es muy bueno. Pienso coherentemente durante unos segundos, antes de que me bese y me empuje hasta el sofá. Jadeo cuando sus labios abandonan los míos.
Estoy sentada en el mullido mueble, él mientras tanto permanece de pie ante mí, entonces se arrodilla y me abre las piernas.
No puedo ni jadear, es lo más erótico que he visto en mi vida. Me quita los vaqueros.
Suerte que hoy me puse las braguitas sexys, y por lo que veo y escucho –el gruñido que soltó se escuchó por todo el cuarto -, le gustaron, pero no tardan en acompañar al vaquero en el suelo.
No me dice nada. Ni hace falta. En esos instantes sólo quiero sentir.
Cuando su lengua me roza el clítoris, suelto un gemido agudo, que se escucha con claridad.
Oh, joder, sí.
Su lengua lamiéndome, recorriendo cada centímetro de mi coño, encendiéndome.
Intento acallar mis jadeos, pero cuando hunde dos dedos en mi interior, me olvido de todo. De la Editorial, de mi editor, de las chismosas de mis vecinas…
El calor crece en mi interior, extendiéndose hacia mi vientre. Muevo las caderas siguiendo instintivamente los lánguidos y expertos movimientos de sus dedos.
¡Más! Grito por dentro. Quería más. Necesitaba más. Llevaba tiempo sin sentir el peso del cuerpo de un hombre sobre mí, moviéndose con cruda necesidad, hasta que nos transportábamos al cielo.
Ya lo notaba cerca. El intenso cosquilleo, el calor concentrándose en mi vientre, la fina capa de sudor cubriéndome. Estaba a un paso de lanzarme al vacío, de saborear el orgasmo.
Para —al ver que no me hacía caso, grité—. ¡Detente! — así lo hizo. De rodillas ante mí, me devuelve la mirada con expresión confusa.
¿Qué sucede? ¿No te gusta?
¿Qué no me gusta? Repito en mi mente. Ahora el que tiene baja autoestima resultó que es él, pues el mejor sexo oral que he tenido en…Intento recordar si alguna vez he disfrutado con el sexo oral pero no recuerdo ninguna ocasión.
Sí que me gusta —demasiado —pero quiero terminar contigo dentro —no me reconozco, mi voz sonó grave, exigente.
Pero parece que a él ese tono de “hazme caso o no hay trato” no le molesta. Me sonríe y se levanta del suelo, sin pronunciar palabra. Le devoro con los ojos, él lo nota. Se quita la camisa y se desabrocha el pantalón.
Durante unos segundos me quedo sin respiración. Él se baja algo el pantalón, mete la mano dentro de su abultado calzoncillo y…
¡Oh, Dios! Es enorme —Don Perfecto se ríe. Lo he vuelto a hacer, dije en alto lo que pensaba.
Y toda tuya, nena.
No sin condón —canturreo, echándome hacia atrás, levantando los brazos por encima de mi cabeza.
Él suelta una carcajada al tiempo en que veo que se acaricia su larga y ancha polla con una mano, mientras que con la otra rebusca en uno de los bolsillos de su pantalón.
Suerte la mía, que siempre llevo uno encima.
Deshecho los celos que siento. No tienen justificación, él no es nada mío, sólo compartimos los gastos de comunidad.
Sí, que suerte —él alza una ceja. Que no haya sonado a celos, que no lo haya hecho.
Don Perfecto opta por no comentar nada. Un punto extra para él.
Abre el pequeño paquetito y retira el condón. Se lo comienza a colocar lentamente.
Exhibicionista —susurro, siguiendo el lento recorrido de su mano que rodea su verga, mientras extiende el preservativo, cubriéndole completamente como una segunda piel.
No sabes cuánto, ricura —me asegura, volviendo a ponerse de rodillas ante mí.
Sus palabras prometían el cielo, pero no iba a caer. Siempre he vivido el presente. Aquel encuentro sólo era un revolcón. Me picaba y él me iba a rascar. Sólo eso.
Cinco segundos.
Es lo que tarda en embestirme, metiéndomela hasta el fondo, llegando allá donde nunca antes fui acariciada.
Cierro los ojos y arqueo el cuerpo, disfrutando intensamente de aquella unión.
Comienzo a gemir sin control cuando inicia los candentes movimientos de cadera. Lento y suave. Sin llegar a salir del todo de mi interior. Rápido y con movimientos secos, saliendo completamente, hundiéndose hasta que sus pelotas golpetean mi entrada.
Segundos, minutos. El tiempo corre lentamente, y el placer comienza a ser insoportable dentro de mí, expandiéndose por todo mi cuerpo, arañando mi piel, dejándome a punto de explotar.
Aumenta el ritmo de las embestidas.
Más —susurro. Ya no había marcha atrás. La presencia del orgasmo era cada vez más cercana.
Mírame a los ojos —así lo hago. Le miro. Jadeo al ver el deseo, crudo, salvaje brillar en sus oscuros ojos.
Grito cuando el orgasmo me asalta, extendiéndose rápidamente por mi cuerpo, como pequeñas descargas eléctricas, del todo placenteras y extenuantes.
Me dejo caer lánguida y satisfecha, sudada y temblorosa, hacia atrás.
Él se mueve sobre mí, aplastándome contra el sofá. No tarda en venirse.
Cuando mi respiración comienza a volver a su ritmo habitual, abro los ojos. Don Perfecto está sentado en el suelo, con el pantalón entreabierto, la verga flácida, el preservativo usado a unos centímetros de él, pero eso sí, mostrando una sonrisa satisfecha.
Es el mejor polvo que he echado en mi vida.
Sí, seguro. Eso se lo dices a todas.
Él se mueve. Se viste con rapidez y se sienta a mi lado.
Yo ni me he movido, ni pretendo hacerlo, para qué, es mi casa, si quiero andar vestida únicamente con el sujetador, lo hago. Además, si soy sincera, no puedo moverme. Me ha dejado exhausta.
Me abraza y me besa el cuello.
Mmmm, cómo me gusta eso.
¿Repetimos?
Cuando puedas —le contesto. Él vuelve a reírse y me besa.
Le miro a los ojos cuando el beso se detiene y nos separamos.
Acabo de acordarme de algo.
¿Cómo te llamas?
Él se sorprende y vuelve a reírse.
Anthony, me llamo Anthony, señorita Johnes.
Amanda —le digo, ya que estamos de presentaciones…
Lo sé, cielo. Te conozco bien.
Lo dudo.
Él me sonríe.
¿Ya he comentado que tiene una sonrisa encantadora?
No te sobreestimes, preciosa. Estoy obsesionado contigo desde que te vi hace un año. Hasta tengo todos tus libros —jadeó en alto. ¿Mis libros? ¿Ha leído lo que escribo? Me ruborizo. No puedo evitarlo—. Vuelvas mucho en tus escritos, Amanda. Sé que te gusta el chocolate, ver caer la lluvia, los días de domingo porque puedes leer en la cama hasta tarde y que… —por el momento ha acertado en todo, haber con lo que me sorprende—…te mueres por un… ¿Cómo lo dices en tus novelas? —sus labios se ladean en una sonrisa pícara—. Te mueres por un buen semental que te cabalgue hasta que no puedas ni sentarte por días.
La que se ríe en alto esta vez soy yo.
Si aquel era el primer encuentro de muchos otros, tan sólo el tiempo lo diría.
Por el momento iba a disfrutar de una segunda ronda –y esta vez iría arriba.
Además…
Ahora sí que le podía poner nombre a su pequeña mascota, a su Orgasmo de bolsillo.
Anthony, dios del sexo.

Alias Don Perfecto. 



FIN



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Vancouver, primavera 2005
Local Moon´s Bitte

As luzes de neon do local brilhavam com intensidade atraindo aos homens que circulavam pelas ruas aquelas altas horas da noite. A música que se escutava dentro do local tocava com força enlouquecendo com o seu frenético ritmo, aos que dançavam na pista. Os garçons si moviam fluentemente entre os clientes equilibrando bandejas com as bebidas. Aquela noite a festa duraria até perto da meia-noite, e ninguém queria perder nem um segundo. Desde o fundo do local, uma jovem de não mais de vinte e cinco anos observava a pista desde a escuridão, se escondia na zona que se abria de dia como restaurante. Como cada noite, esperava a que se fossem os clientes para limpar o bar junto aos demais garçons e preparar o local para o dia seguinte.

Duas horas depois…

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