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Una despedida de soltera inolvidable


Relato corto paranormal, publicado bajo el pseudónimo Sheyla Drymon en Amazon dentro de la Deséame, la cual he retirado de la venta para poder regalar los relatos a mis lectoras, gratuitamente desde el blog.

Publicada en Wattpad, en el siguiente enlace: AQUÍ





Título: Una despedida de soltera inolvidable
Autora: Sheyla Drymon
Obra registrada en Safecreative
Portada: imagen comprada en depositphotos
Se prohíbe su distribución, sin permiso de la autora, al igual que el plagio o las adaptaciones de este relato. 







Prólogo


Cuando los mortales creían en los antiguos dioses, el portal de nuestro mundo estaba abierto. Éramos libres. Podíamos ir a la Tierra y disfrutar de los placeres de la vida, yacer con las mujeres que deseáramos. Pero con el tiempo los humanos dejaron de creer, y el portal se cerró. Así ha permanecido desde ese aciago día. Ahora sólo podemos esperar, esperar a que el portal se abra de nuevo y podamos disfrutar de los placeres de la carne de las mujeres que nos invoquen.
A los Satyres sólo nos queda esperar.



Rourik torció el gesto cuando su Maestro, el Gran Chamán finalizó la breve historia de la caída en el olvido de los suyos. Se sabía de memoria cada palabra, cada maldita entonación, la podía recitar hasta del revés su así se lo pedían. Después de varios siglos escuchando lo mismo, cada palabra quedó grabada en su mente.
—Pero Gran Chamán, ¿no podemos hacer nada por abrir el portal?
Buena pregunta chico, pero te va a responder con una mierda de excusa. Perdí la cuenta de las veces en las que le instigué a que hiciésemos algo, pero ¡no! Él sólo me dice que hay que esperar a que crean de nuevo en nosotros, a que nos invoquen. Ironizó para sus adentros presenciando como el joven obtenía la respuesta prefabricada que tantas veces el Maestro le dio.
—No podemos hacer nada. Nuestro destino es esperar y algún día los humanos recordaran a los viejos dioses y seremos libres de nuevo.
—¡Ja!
Todos y cada uno de los presentes se giraron. La cueva Sagrada estaba levemente iluminada por las antorchas que colgaban de las paredes. El suelo, donde estaban sentados los más jóvenes Satyres, estaba cubierto de pieles, apiladas unas encimas de otras. Aquella cueva era un lugar para recordar el pasado, para aprender la historia de la raza. Para Rourik, era una prisión que apestaba a grasa animal quemada y en la que tenía que escuchar – y recordar— cómo era la vida de los suyos antes de que el portal se cerrase. Era lo que le tocaba al ser el aprendiz del Gran Chamán.
—¿Tienes algo que apostillar Rourik?
La voz de su Maestro le alejó de los recuerdos y le devolvió a la realidad.
Cuando encontró los ojos del viejo maldijo por dentro su estupidez. El viejo estaba cabreado. Y cuando estaba de mala ostia le tocaba trabajar hasta la extenuación. Durante un tiempo – que a él le parecería eterno— le tocaría dedicarse a reanimar a los golemns hembras que se creaban cada cierto tiempo para satisfacer las necesidades físicas de los de su raza. Aquellas criaturas creadas por la magia tenían aspecto de hermosas mujeres que saltaban satisfechas cuando las requerías, dispuestas a cumplir hasta el último de tus deseos. Eran los perfectos juguetes sexuales.
Para él, eran incordios que se lanzaban a tus pies cuando ibas por la calle, que no dejaban de cantar cuando se reunían a las afueras del pueblo cuando no eran llamadas.
Maldito viejo, como sabes que odio reanimar a esas muñecas de barro me vas a joder ordenándome que…
—Rourik, ¿tienes algo que decir?
Para no sumar días a su “castigo” Rourik negó con la cabeza –aunque por dentro deseara mandarle a la mierda y recriminarle que como Gran Chamán hiciera algo más que sentarse y esperar—, acabó respondiendo:
—No Maestro, no tengo nada que añadir.
El resto de la mañana fue una auténtica tortura, hasta el extremo de que cada segundo que pasaba parecía horas.
Cuando al fin todo terminó y los jóvenes Satyres salieron de la cueva rumbo a la Academia, Rourik esperó la explosiva recriminación de su Maestro.
Como ya esperaba, no tardó en llegar.
—No vuelvas a interrumpirme Rourik. Soy el…
Bla, bla bla. Ya no escuchó nada más. Puso la mente en blanco y permitió a uno de los ancianos Satyres se desahogara.
—…Y para que no vuelva a suceder, cumplirás tus obligaciones y las mías hasta que te levante el castigo.
Ya. Así te tomas unas vacaciones. ¡Qué castigo más ejemplar! Se burló, aunque en voz alta dijo:
—Así sea Maestro.
Éste asintió y le indicó la salida con un gesto.
—Vete, ahora tu presencia me irrita.
Y a mi la tuya, pero por desgracia estoy condenado a soportarte hasta que el portal vuelva a abrirse.
Optó por no responder. No iba a ganar nada si lo hacía, y si podía perder mucho si le contestaba lo que pensaba.
En silencio, dio media vuelta y salió de la cueva. Nada más salir, Rourik paseó la mirada a su alrededor. La cueva Sagrada estaba en lo alto de la montaña que había frente al portal. A los pies de la montaña, el pueblo se extendía a lo largo de un hermoso valle en el que estaban condenados a permanecer por dictado de los dioses.
Cuando antes eran una raza reverenciada y temida por los mortales, vigilada de cerca por los dioses y orgullosa de ser Satyres, después de la Gran Caída y el cierre del portal eran una sombra de lo que fueron.
Estaban condenados a permanecer en aquellas tierras, desahogando sus apetitos sexuales con mujeres de barro que creaban los artesanos y reanimaba el Gran Chamán – o hasta que éste le levantara el castigo, sería él quien lo hiciese. Mujeres que se inclinaban a tu paso, que se contoneaban cuando las mirabas susurrando una y otra vez lo único que decían: “Hazme tuya”.
Dio un paso hacia delante, quedando al borde del acantilado. La cueva Sagrada estaba en lo alto de la montaña. Le echó un vistazo al portal. Era del tamaño de una montaña y tenía la forma de una mujer con grandes pechos, cintura fina y caderas anchas. Rourik sonrió al fijar la mirada en la entrada de portal ubicada en el pubis de aquella espectacular figura. Era irónico que para saciar el deseo que les consumía por dentro debían atravesar los muslos de una montaña con forma de mujer.
Dio otro paso hacia delante y se dejó caer, aterrizando en la entrada del pueblo a los pies de la montaña.
Sólo hizo falta que diese tres pasos para que dos golemns le interceptasen y se lanzasen a sus pies.
—Hazme..
—…tuya— dijeron a la vez las dos mujeres con aquellas voces carentes de emoción.
Estaba cansado de ellas, de estar con “juguetes” que hacían todo lo que les pedías. Que nunca se negaban a nada, que sólo decían aquellas dos malditas palabras.
Los primeros siglos fueron un alivio al encierro, pero ahora eran un engorro. No podías dar ni dos pasos –bueno, en este caso tres— sin que se lanzaran a tus pies y gimiesen con esa voz monótona.
Intentó ignorarlas. Le resultó difícil ya que le estaban manoseando, y le intentaban desnudar. Dio dos pasos más y por suerte –gracias a los dioses—, las golemns dejaron de fijarse en él para lanzarse a un joven Satyre al que tomaron desprevenido.
Tomó rumbo a su cabaña con paso rápido –antes de que otra de aquellas malditas se fijara en él.
No tuvo suerte.
Seis golemns más tarde, llegó al refugio que era su cabaña situada a los pies de la montaña de portal, muy cerca de la entrada.
—Al fin en casa— susurró agarrando con fuerza el pomo de la puerta. Tiró hacia dentro y la puerta se abrió. En el Reino no había llaves ni cerraduras, después de todo cada Satyre del calle se conocía, no existía el concepto de propiedad y por tanto tampoco el de robo.
Fue cuando lo sintió. Un temblor dentro de él y un ardor que le provocó una dolorosa erección.
—¡Oh, dioses! —jadeó con voz enronquecida, sin explicarse cómo podía estar duro como una piedra a punto de explotar.
Otro temblor le sacudió, y junto a él a todo el Reino.
Soltó el pomo y dio un paso hacia atrás, alejándose de la entrada de su hogar, palpándose el abultado paquete.
No comprendía qué es lo que estaba pasando. No era normal que el Reino temblara de aquella manera y menos que se excitara sin estimulación externa.
Al tercer temblor, Rourik gimió y se corrió, manchando el pantalón, como un infante durante sus primeras experiencias sexuales.
—¡Oh, joder! —masculló en alto, y no por haberse corrido sin siquiera tocarse sino porque ante sus atónitos ojos el portal tomó vida. Se retorció, la piedra se abrió y de él salieron un grupo de mujeres vestidas con prendas extrañas, vaporosas, de color blanco mostrando mucha piel, y que no dejaban de gritar.
“¿Qué cojones pasa?”









Capítulo 1



No puedo beber más.
—Andrea coño, no seas muermo y tómate otra, que dentro de dos meses estarás atada.
Agarró el vaso que le tendió Lydia y lo olisqueó. Era Ron y Cola. Aquella no era su bebida favorita, pero después de seis…no, ocho copas, ya todo le sabía igual.
—No seas exagerada Lydia —removió la copa concentrándose en el oscuro líquido —. Que sólo me voy a casar —sin pensarlo dos veces, bebió de un buen trago.
—Es lo mismo Andrea. Te vas a atar a un maromo —que no te conviene, chica. Pero estás ciega. Pensó a su vez sin atreverse a decirlo en alto, pues no estaba segura cómo se lo tomaría Andrea si lo hiciese. Dudaba que antepusiese la amistad que tenían a su idílica futura vida de casada. Estaba segura que elegiría antes a Michael Bronx, a pesar que era el tipo de hombre que la haría feliz.
Andrea se terminó el contenido del vaso y soltó un suspiro. El ron le calentó por dentro y abrasó su garganta.
—No sé que tienes contra Michael, es un buen partido. Soy afortunada —pero no se me caen las bragas por él, eso lo tengo que reconocer.
Michael tenía un buen trabajo, se cuidaba acudiendo al gimnasio varias veces a la semana, era atento, siempre le sonreía, la trataba como una reina…
Pero no se te cae la braga por él… Escuchó de nuevo en su mente.
Le gustaba Michael, y estaba segura que con el paso del tiempo sería capaz de amarle, pero por mucho que le jodiese reconocerlo, no le deseaba. No sentía por él una pasión explosiva que le hiciese desear lanzarse a sus brazos para arrancarle la ropa. Pero una cosa era el deseo, sueños que no eran más que falsas ilusiones que desaparecían con el paso del tiempo, y otra muy distinta la realidad en la que primaba ser sensata.
Michael era el hombre que le convenía, aunque no fuese el que soñó.
No sabía porqué –bueno sí, porque era su prometida- se vio obligada a defenderle.
—El sexo no es lo más importante —ante la cara que puso Lydia, puntualizó —.Y con Michael no tengo problemas. Estoy satisfecha.
Lydia bufó en alto, dejando en el suelo su copa vacía.
—Ya, satisfecha con dos veces a la semana que se le levanta el ánimo a tu futuro marido.
Ya estaba comenzando a enfadarse. Había reunido a sus amigas para celebrar su despedida de soltera, no para que le echasen en cara su elección de marido y su penosa vida sexual.
—No sigas por ahí Lydia. Michael me hace feliz.
Ésta alzó las manos. No quería amargar a su amiga con lo que realmente pensaba del prometido de ésta, sino que quería que disfrutara de aquella escapada a Las Vegas.
—Tienes razón, Andrea. Esta noche tenemos que pasarlo bien —se volvió y miró a su alrededor. Estaba a la entrada del hotel en el que se alojaban. A unos pasos de ellas estaba el resto del grupo sacándose fotos ante una de esas estatuas que tanto atraían a los turistas —.¡Eh, chicas! La noche es joven. ¡Vámonos de aquí!
Como respuesta obtuvo un coro de chillidos, risas y aplausos, que le sacó una sonrisa, medio de vergüenza, medio de risa. Lo que hacía el alcohol cuando se consumía un poquito más de lo que debían. Bueno, un poquito mucho, que ya no se acordaba de cuantas botellas habían bebido.
Cuando todas se juntaron miraron a Andrea, ella era la única que vestía de blanco, las demás llevaban vestidos de colores chillones, desde el rojo hasta el naranja bucanero, con unas bandas que le cruzaban el pecho y en el que se leía: “mujeres cachondas en busca de diversión”.
—Tú dirás Andrea, ¿a dónde vamos ahora?
Esta dudó. No conocía la ciudad, apenas llevaban dos días en Las Vegas y no tenía ni idea de a donde ir. Cuando la convencieron hacia una semana, que debía celebrar su despedida de soltera en aquella ciudad – no tardaron mucho la verdad, porque no le apetecía nada celebrarlo en su Houston natal -, anotó en un papel, los lugares que le gustaría visitar. Lugares que tras dos días, no habían visitado, porque se habían pasado el día y la noche de juerga, bebiendo sin descontrol y bailando hasta el amanecer. Por suerte, no habían acabado como en esas películas que vieron y por las que decidieron que tenían que ir a Las Vegas, porque lo que sucede en Las Vegas, se quedaba en Las Vegas.
—Podíamos…—dudó unos segundos, antes de tomar una decisión. En el estado en que estaban lo mejor era no seguir consumiendo alcohol, o ir a una sala de fiestas. Las llevaría a un lugar en el que se lo pasarían bien sin necesidad de ahogarse en el burbujeante sabor del champán, o el amargo sabor del whisky —…ir al túnel del terror, en el parque temático que os comenté que quería visitar cuando llegamos a la ciudad.
Las caras que mostraron las chicas fue memorable, con muecas de sorpresa e incredulidad.
Casi podía oír lo que pensaban. ¿Al túnel del terror? ¿De verdad?
¿En una despedida de soltera?
¿Dónde quedaban entonces los boys?
—¿Pero estás segura Andrea? —ésta miró a Nayla, una de sus amigas de la infancia, con quien compartía cada pequeño detalle de su vida.
—Sí, Nayla, estoy segura.
—Pero…, ¿esta noche no tocaba los boys?
Andrea se giró y respondió a Lydia, quien había preguntado en alto lo que todas pensaban.
—Prefiero ir al túnel del terror, estoy algo cansada para ir a los boys, mañana podemos ir al club “Toca todo lo que puedas” nada más terminar de cenar.
Al final, y tras protestar algo las chicas, accedieron a acompañarla al parque de atracciones donde entrarían al túnel del terror, una atracción que le encantaba a Andrea desde que era pequeña, visitando todas las que podía en las ciudades a las que acudía de vacaciones.


20 minutos más tarde


—No puede ser.
No podía creerlo.
Aunque estaba un poco borracha, esto no podía negarlo, o mucho, porque era incapaz de caminar en línea recta, lo que estaba viendo no era una ilusión, ni fruto de su opacada mente.
—¿Y ahora que hacemos? —preguntó Lydia en voz alta al ver el cartel de CERRADO a las puertas del parque de atracciones.
—No lo sé —reconoció Andrea. Esperaba encontrarlo abierto y poder pasar una noche divertida pasando miedo en las atracciones, saboreando la subida de adrenalina cuando veías como el suelo comenzaba a alejarse hasta alcanzar alturas de vértigo para luego emprender una bajada brutal que te dejaba un amargo sabor del miedo entremezclado por el dulce néctar de la diversión.
Pero los dueños de aquel parque, le habían jodido los planes.
Nayla pasó a su lado y empujó hacia dentro, apoyando las manos en las viejas puertas de rejas. Las puertas crujieron un poco cuando comenzaron a moverse, hasta que se estancaron con un seco golpe cuando la cadena dio el tope.
—Iremos de todas maneras. Esta noche cometeremos una locura. Veis, por aquí podemos pasar —señaló el hueco que quedaba entre las puertas.
Andrea se rió en alto, antes de pasar por el hueco, agachándose para no chocar con las cadenas.
—Sois las mejores, chicas.
Una a una fueron pasando, en silencio, con los nervios a flor de piel y el corazón bombeando con fuerza contra sus pechos. Estaban cometiendo un delito al entrar en una propiedad privada sin permiso, y si llegaban a atraparla aquella noche y los siguientes días acabarían de cabeza en una de las celdas de la comisaría.
Riéndose, corrieron hacia el túnel del terror, tras mirar en uno de los carteles de la entrada donde estaba situada. Cerca de la gran noria, la cual se veía a lo lejos con claridad.
No verían en movimiento la atracción, pero al menos lo verían, Andrea  no se iba a quedar con el gusto de no pisar aquella atracción que tanto le gustaba. Esa noche era especial, celebraban la libertad que aún poseía su amiga, y por nada de mundo se iban a al hotel temprano.
—Que oscuro está, ¿no? —Nayla le echó un vistazo al interior —. No se ve una mierda.
—Tenemos esto —Andrea sacó el móvil del bolso. Después de unos segundos revisando las opciones, marcó la que buscaba. La luz brotó con fuerza del pequeño aparato —. Tenemos linternas. Somos mujeres 100. Podemos sobrevivir…
—¡Sin los hombres! —corearon las demás, acabando la frase que solían gritar cuando se encontraban en una situación peliaguda. Eran un grupo cerrado de amigas con las que compartían todo, con las que lo pasaban genial y podían hablar de todo y de nada, disfrutando de los largos silencios cuando tomaban cafés, o de las charlas interminables cuando una de ellas tenían problemas.
—Tú si que eres la ostia, Andrea —gritó Nayla, riéndose en alto, mientras rebuscaba en su maxi bolso, a la búsqueda y captura de su móvil nuevo.
Las que tenían esa opción la buscaron y encendieron las linternas. Era una luz tenue pero al menos podían ver algo.
—No es mucha luz pero al menos no iremos como topos por el túnel.
Con pasos lentos, se adentraron en la atracción, en fila india, una tras otra, teniendo mucho cuidado donde pisaban, iluminando con los móviles el suelo.
—¡Ah! —el gritó rasgó el silencio.
Todas iluminaron donde Nayla miraba. Se sobresaltaron al ver el monstruo de color verdoso y expresión furiosa. Una horrenda criatura más alta que ellas, con los brazos extendidos y las fauces abiertas mostrando unos grandes y blanquecinos colmillos.
—Sólo es un muñeco Nayla —dijo Andrea, acercándose para tocarlo. Parecía cartón piedra pintado con cuidado. Era muy real.
—Ya, todos son decorados, pero ¡coño! Dan miedo.
Dos gritos más tarde, llegaron al final del túnel.
—Que raro —murmuró Andrea palpando la masa viscosa que obstruía la salida —. ¿Y eso que será?
Lydia se acercó y tocó la barrera. Al tacto era fría, pegajosa y cubría toda la salida.
—No tengo ni idea, parece plástico mojado.
—Igual tapan la salida para que nadie se cuele —sugirió una de las chicas.
—¡Ya! ¿Y por eso fuimos capaces de entrar? Tapan la salida, ¿pero no la entrada? Eso no tiene sentido —replicó otra, iluminando con su móvil la extraña capa que tenían delante.
—Pues dime bonita,  ¿Qué coño es?
De fondo, Andrea escuchó la discusión de las chicas, pero ellas las ignoró y siguió tocando la suave superficie. Cuando la rozaba parecía que se movía, que la buscaba, que ardía bajo su toque.
Empujó hacia delante, movida por la curiosidad, y atravesó con la mano la barrera. El cosquilleo que se sintió desde su mano viajó velozmente por todo el cuerpo, para luego centrarse en un punto de su anatomía que la dejó a un paso del orgasmo. Fue como si tuviese dentro de ellas unas super bolas chinas mágicas que la dejaron a un paso de correrse sin llegar a tocarse.
—¡Oh, Dios mío! —gimió, acallando de esta manera la discusión.
—¿Qué pasa?
—¿Por qué gritaste?
—No me jodas que al final te has puesto las braguitas vibrador y todo este tiempo has estado con ellas.
Andrea no tuvo tiempo de responder a ninguna de aquellas preguntas.
El alcohol hace estragos, muchos. Y más sobre el equilibrio y la percepción de la distancia, por eso acabaron tropezando unas con otras, que se movieron al mismo tiempo hacia Andrea, y acabaron cayendo hacia delante, con la sorprendida futura esposa a la cabeza.
Todas fueron engullidas por la barrera que se estiró y las cubrió, con su viscosa sustancia.
Antes de desaparecer, Andrea gritó:

—¿Qué cojones pasa? 








Capítulo 2


Rourik no podía creer lo que estaba viendo. Si no fuera por el punzante dolor que se le acumulaba en la creciente erección, que presionaba contra el cuero de su pantalón, creería que estaba teniendo un sueño húmedo.
A su espalda, escuchó como los miembros del clan se acercaban. El temblor los había alertado a todos, pero el dulce olor a hembra era lo que les había llamado, lo que les había instigado a acercarse haber que estaba ocurriendo. Ese olor…le estaba volviendo loco, a un paso de jadear como un perro en celo.
Rourik paseó la mirada por el extraño grupo de mujeres que apareció a los pies de la montaña que en antaño servía de portal entre su mundo y el de los mortales. Eran jóvenes y gritaban señalando todo lo que las rodeaba, pero a él poco le importaba el grupo. No podía apartar la mirada de la mujer que vestía de blanco.
Con aquel vestido, suelto pero a la vez que le marcaba allí donde tenía curvas, dejando las piernas al descubierto, era una tentación que lo estaba poniendo más cachondo de lo que ya estaba.
No pudo evitar jadear en alto. La deseaba. Intensamente. Quería ponerse de rodillas ante ella y enterrar la cara en su vientre. Emborracharse de su dulce aroma, antes de tomarla hasta que los dos explotaran un par de veces.
Tenía que ser suya. Sólo suya. No iba a compartirla con nadie. Ninguno de sus hermanos la iba a tocar. Iba a ser…
Con la idea de ser el único en tenerla, Rourik avanzó hacia ella. Al principio con pasos rápidos, pero al escuchar como los demás Satyres estaban a unos pasos de él, acabó corriendo, alcanzando a su apetitoso objetivo en apenas unos segundos.
El grito que profirió la mujer al ser alzada, le calentó más, provocándole un irrefrenable deseo de tumbarla en el suelo y hacerla suya hasta saciarse de su aroma, de su sabor, del calor que le provocaba su sola presencia, sin importarle quien estuviese a su alrededor.
Ignoró aquella sensación que le instaba a poseerla con urgencia, y la apretó contra si. No iba a permitir que los demás Satyres la viesen, que pudiesen correrse mientras se tocaban contemplándolos mientras follaban. No quería miradas indiscretas, ni espectadores jadeantes, la iba a hacer suya en la intimidad de su cabaña, saboreándola a fondo, con pausa, deleitándose con ella.
—Mía —gruñó antes de marcarla. Hundió sus colmillos en la sueva piel de su cuello, probando su sabor. Con aquella marca los demás sabrían que no podían tocarla, que la había elegido para ser la madre de sus hijos, que le pertenecía y si las demás mujeres dejaban de golpearle e insultarle la llevaría a su cabaña para demostrarle que era suya.
—¡Suéltala violador!
Un puñetazo contra su espalda.
Una patada muy cerca de su endurecida polla.
Rourik no la soltó, seguía con los labios lamiéndole la marca de sus colmillos, probando el sabor de su dulce sangre.
—Maldito loco, ¡déjala en paz!
Esta vez le dieron una patada a la altura de los riñones clavándole algo duro que le hizo daño.
Eso me dejará marca. Masculló a sus adentros, aferrando con más fuerza el valioso tesoro que tenía en sus brazos.
Cuando ya creía que seguirían usándolo como saco de entrenamiento, llegaron varios Satyres que no perdieron el tiempo.
—¡Pero que…! —gritó una de las mujeres al ser alzada en brazos.
Rourik soltó un gruñido ante la presencia de los demás. Estos captaron el mensaje y no se acercaron a donde estaba. Una a una, las mujeres fueron capturadas por los Satyres que llegaron hasta la entrada de portal.
—¡Suéltenlas! —gritó la mujer que sostenía, cambiando el hijo de puta te voy a castrar, suéltame, por variopintos insultos y esta vez dirigidos a los demás machos.
—Silencio, preciosa. Ellas van a estar bien.
La mujer se tensó en sus brazos, como si el simple echo de escuchar su voz la sacara de un sueño que creía estar viviendo.
—Déjame ir, por favor, no me hagas daño.
¿Hacerle daño? No, no iba a dañarla. Iba a amar cada centímetro de su cuerpo, a colmarle de un placer que quedaría grabado en su alma.
—Te he marcado como mi hembra — comenzó a explicarle, después de liberarla, dejándola en el suelo, sin llegar a soltarla del todo, al tenerla sujeta de la cintura con uno de sus brazos.
El puñetazo que recibió en la nariz le provocó un dolor atroz que hizo que su gran amiguito se calmara un poco.
—¿Pero que haces? —bramó, palpándose con la mano libre la nariz.
Andrea no podía creer su suerte, la de sus amigas, habían caído a través de una barrera que parecía plástico mojado y cuando el mundo dejó de dar vueltas se encontraron en una villa que tenía el encanto de un pueblo de película. Con verdes prados que se perdían a la vista, pequeñas cabañas de madera, flores de colores salpicando el horizonte…
Y antes de que pudieran comenzar con las especulaciones – por ejemplo, si le habían puesto alguna clase de drogas en el alcohol – se quedaron sin habla al ver a un hombre tan alto como una puerta, vistiendo tan sólo un pantalón de cuero que no dejaba nada a la imaginación.
Era grande…y no sólo por su altura, o su fuerte complexión.
Andrea no pudo evitar observarlo bien. La luz del día le mostraba con claridad que era el hombre más hermoso que había visto en su vida, con largos cabellos dorados atados en una coleta baja, pómulos prominentes, un abdomen marcado que la llamaba a gritos y…
Cuando le miró a los ojos no pudo acallar el jadeo que brotó de sus labios.
Unos ojos amarillos que la caldearon por dentro, que le provocó que el corazón estallara en su pecho y sus braguitas se humedecieran.
El deseo y la necesidad de sentirle dentro de ella fue tan fuerte que la asustó, y la sorprendió a partes iguales.
En su vida nunca había sentido algo parecido. Un deseo tan intenso, tan crudo, tan pasional que le temblaban las rodillas y se le resecó la garganta.
Pero el deseo fue acallado por el miedo cuando el hombre se plantó frente a ella, y la levantó del suelo, recostándola contra su cuerpo, quedando su rostro a la altura de su cuello. Las palabras que iba a gritarle se quedaron en nada cuando sintió como la mordía el cuello, después de gruñir en alto con una voz grave y candente que era suya.
El miedo la paralizó unos segundos pero luego gritó y se removió en sus brazos al ver el esfuerzo de sus amigas de liberarla. Pero todo fue en vano, el hombre la sujetaba de tal manera que era una roca que no se movía, que no la iba a soltar.
No pudo evitar gritar de terror al ver que llegaban más hombres y se llevaban a sus amigas. Era una locura lo que estaba pasando. No podía creerlo, pero era real, por mucho que su mente le dijera que estaba en un sueño. El dolor y el deseo que sentía le confirmaban que aquella locura era muy real.
La única que no parecía aterrorizada era Lydia, quien se dejó llevar mientras decía que eran mejores que los boys a los que iban a visitar mañana. Sus carcajadas se escucharon por el valle, mientras se alejaba en brazos de unos de los que la escoltaban.
—¡Suéltame! —repitió Andrea, arañándole los brazos a su captor. Ella no estaba tan borracha como Lydia como para pensar que todo eso era un sueño y que bien podía disfrutar del mismo, o que iba a lanzarse a la aventura sin importarle las consecuencias.
Quería regresar, aparecer en la puerta de salida del túnel junto a sus amigas y reírse de todo.
Rourik se negó a soltarla. Sentía la nariz dolorida, pero no iba a soltarla.
La apretó con más fuerza, percibiendo las palpitaciones de su corazón, inundándole la fragancia que desprendía.
—No voy a soltarte. Atravesaste el portal para caer en mis brazos. Eres mía, y en cuanto te lleve a mi cabaña, te lo demostraré.
Andrea se mareó. Por un lado el miedo la dejaba paralizada y por otro el deseo que cosquilleaba en su interior la ponía tensa y al borde del abismo. Pero el miedo en esos instantes fue más fuerte que el deseo.
—¡No! No me llevarás a ningún lado —se removió en sus brazos, golpeándole de nuevo. Una y otra vez —¡Déjame! —por mucho que tirara hacia atrás o le golpeara no se movía ni un centímetro —¡Policía! ¡Ayuda! ¡Necesito ayuda!
Rourik estaba cansándose. Podía oler su excitación, su necesidad. No comprendía porque demonios se resistía de aquella manera. Estaba seguro que por el mero echo de atravesar el portal  - cuando éste había permanecido cerrado durante más tiempo del que quería recordar- creía en ellos, en su raza, en lo que representaban en el mundo humano : “el deseo carnal”.
Aquellas mujeres debían ser sacerdotisas consagradas al deseo. La banda rojiza que casi todas llevaban puestas y en las que se leía la frase “Mujeres cachondas en busca de diversión”, junto con las extrañas diademas que portaban algunas y que no eran más que unas pollas erectas, eran pruebas más que suficientes para confirmarle que eran sacerdotisas.
 Ahora bien, ¿por qué demonios se resistía tanto? Porque si sus oídos no le fallaban, los demás tampoco no lo tenían fácil, las mujeres no dejaban de gritar llamando a algo que sonaba como policía y fbi.
Rourik  la apretó contra él, impidiéndole de esta manera que siguiese dándole puñetazos. Presionando su cadera contra el vientre de ella, mostrándole cómo estaba ante su presencia.
Duro.
Como una piedra.
—Lo único que necesitas es esto —movió la cadera hacia delante, ahogando el jadeo de placer. Le volvía loco. Con urgencia.
Andrea se quedó sin habla. Debía estar loca, el alcohol o la falta de sueño,… o que hacía tres meses que estaba en “sequía”, porque por mucho que su parte racional le gritara que estaba siendo arrastrada por un hombre que no dejaba de gruñir y olisquear el aire, y que claramente tenía la intención de follarla, estaba excitada y húmeda, sintiendo un hormigueo en su vientre que lloraba por una buena sesión de sexo puro y salvaje.
Anhelaba sentirle dentro, bombeando con fuerza hasta que el mundo explotara a su alrededor.
Era ridículo y peligroso. No podía sentirse excitada de aquella manera, pero la humedad entre sus piernas, el cosquilleo en su vientre y el corazón desbocado le indicaba que era una loca con ganas de SEXO.
Salvaje, duro, agotador, pasional.
¡No! ¿Estás loca? Estábamos en el túnel del terror y acabamos en este…Miró a su alrededor. El sol acariciaba su piel, el olor a flores, el pueblo a lo lejos….
—¿Dónde estamos? —preguntó en voz baja para si misma, sin esperar realmente una respuesta.
—En el Reino Satyres.
Andrea le miró a los ojos.
Rourik se había detenido al lado de su cabaña. La prefería así, tranquila, sin que le golpeara o le gritara una vez cada dos minutos.
—¿Satyres? —los ojos de ella mostraban sorpresa, incredulidad y una pizca de burla —. ¿Estás de coña, no?
No comprendía aquella expresión. El único coño que quería era el de ella.
—Estás en mis tierras, apareciste junto a las demás a través del portal  —lo señaló con un gesto de cabeza.
¿Portal? Al mirar hacia donde él señalaba la dejó boquiabierta. A través del agujero del tamaño de una puerta de un estadio de fútbol se veía una barrera de un color plateado. La reconoció al instante. Era la que había tocado en el túnel y …
Por la que caímos cuando tropezamos.
Comenzó a transpirar y a respirar con dificultad.
Tranquila, debes tranquilizarte. Esto debe ser una alucinación. No puede ser real. Debí golpearme la cabeza y ahora estoy soñando, o…
¿A quien quería engañar? Si que era real, una pesadilla pero real.
—Respira. Toma aire con calma. Así, muy bien —la voz de él traspasó el escudo que alzó ante el ataque de ansiedad. Cuando pudo enfocar con claridad y respirar con calma se encontró con aquellos ojos dorados que mostraban en esos instantes preocupación.
—Te juro por mi vida que no te haré daño. Los dioses me han bendecido con tu presencia. Eres la mujer que esperaba, la que me hará revivir.
Boquiabierta, emocionándose con cada palabra – por dios, bien podía ser escritor o poeta- le vio cómo acercaba su rostro lentamente.
Estaba a punto de besarla.
—Eres mía, y cuanto te tome no querrás nada más.
Que la llamen trastornada, pero una parte de ella ansiaba saborear el placer que destilaba sus palabras.
Antes de que su conciencia le recordara a gritos que estaba prometida, que no podía dejarse llevar por el deseo, por mucho que la tentara, el beso llegó y con él el mundo se fue a la mierda.
Mientras esos calientes labios la devoraban, el tiempo se detuvo, el corazón le bombeaba con violencia, y las llamas la derritieron por dentro a un paso de que estuvo a punto de caer al suelo al fallarle las rodillas.
—Mía —susurró cortando el beso.
Que la acusaran de loca, de infiel, de perturbada por desear a un hombre que decía ser de otra raza, perteneciente a un mundo desde el que llegó a través del túnel del terror, pero no podía acallar la salvaje necesidad de sentirle dentro, de perderse en el placer que prometía, de ser…
—Tuya —murmuró en voz baja, sin ser consciente de haberlo dicho en alto.
Tenía claro que cuando el fuego que ardía en su interior se apagara, se arrepentiría de lo que estaba a punto de hacer. Ya se arrepentiría, pero…en esos momentos y ante la ardiente mirada de él, el mundo se podía ir a la mierda porque ella se lo iba a pasar muy, pero que muy bien.









Capítulo 3


No podría saciarse nunca de ella. Cuando la probó, cuando la besó, estuvo a punto de correrse. Era una mezcla de fruta y alcohol que le volvió loco.
Quiso más. Profundizó el beso, lamiéndola, jugueteando con su lengua, mordisqueándola,  memorizando su sabor.
—Mía —susurró separándose unos segundos.
No podía haber elegido mejor cuando la marcó. Era hermosa, con una belleza que te sacaba el aire, y te provocaba el irrefrenable deseo de poseerla y en aquellos momentos con las mejillas sonrosadas, los ojos brillantes y los labios hinchados y enrojecidos era la imagen de la tentación.
Y el poco control que aún ejercía sobre si mismo se quebró cuando la escuchó susurrar:
—Tuya.
Era lo que necesitaba oír para perder el control, para alzarla en brazos y cargarla hacia el interior de la cabaña. Abrió la puerta de una patada y la metió a su hogar, su refugio cuando quería esconderse del mundo, del destino que le tocaba vivir.
Antes de llevarla hacia la cama, cerró la puerta con un golpe de pie. Quería privacidad, que sólo fuese él quien la viese desnuda, disfrutara de los tesoros que ocultaba bajo el blanco vestido que llevaba puesto.
Nunca había sido posesivo, no era propio de su raza. Para un Satyre el sexo era como comer o beber, y en cuanto sentían ganas tomaban a la primera golem que se cruzara en el camino sin importarle dónde o con quien más estuviesen en esos momentos.
—Tan hermosa —susurró al tiempo en que la contemplaba estirada sobre la cama, con los cabellos esparcidos por la almohada.
Nunca antes – ni con su prometido- se había sentido tan deseada.
Nerviosa y excitada, le vio quitarse el pantalón de cuero que llevaba.
—¡Oh, Dios Mío! —no pudo evitar murmurar sin poder apartar la mirada de aquella, ..aquella…GRAN verga erecta, dispuesta al ataque.
Rourik sonrió con orgullo al tiempo en que respiraba hondo marcando así su trabajado abdomen.
La hambrienta y sorprendida mirada de ella le llenaba de orgullo.
—Eres tan…—nunca en sus treinta y cuatro años había visto un miembro de ese tamaño. Debía medir cerca de los 25 o 30 centímetros y el grosor era del tamaño de 4 dedos. Era imposible que le entrara aquello, que pudiese metérsela entera.
—Y será toda tuya. En cuanto te arranque ese vestido que llevas.
Estaba húmeda, tan excitada que no quería preámbulos, lo quería sobre ella, empujando con fuerza. Quería ver si podía llenarla por completo, volviéndola loca con sus embestidas.
Estás loca, Andrea. Pensó sintiendo remordimientos, que se apagaron en cuanto él se tumbo sobre ella.
En ese momento su mente se desconectó y fue el fuego que ardía en su interior quien tomó el control.
—¡Oh, Dios! —volvió a gemir al sentir como la acariciaba lentamente desde el vientre hasta los pechos.
Quería devorarla. Besarla de pies a cabeza. Acariciarla. Hundir el rostro entre sus piernas y lamerla hasta saciarse de su sabor.
No iba a perder ni un segundo.
—Voy a lamerte —paseó una mano por los humedecidos pliegues que encontró entre sus muslos —. Hasta que te inunde el placer.
Descendió depositando pequeños besos por el tembloroso cuerpo de ella, sin dejar de acariciar levemente sus pliegues, apenas un roce suave, volviéndola loca.
Era una tortura que la besara de ese modo, como si fuese lo más preciado para él. que le acariciara el interior de sus muslos y los labios de su coño, encendiéndola pero sin llegar a tocarla íntimamente.
Quería que se dejara de juegos, que metiera aquellos torturantes dedos dentro de sus pliegues, dentro de ella, que pellizcara y jugara con su clítoris, y que cuando no pudiera soportarlo más, la clavara contra el colchón con embestidas profundas y poderosas.
Con los ojos entreabiertos, Andrea se quedó sin aire al verle descender, depositando dulces besos a lo largo de su cuerpo, hasta detenerse en su vientre. Ahí la dejó de tocar, y lo único que le dijo con voz enronquecida, fue:
—Abre las piernas — en cuanto lo hizo, él se colocó entre sus muslos. Apoyó las manos en sus carnes y tiró hacia fuera, abriéndoselas más —. Tan hermosa.
Andrea se ruborizó y cerró los ojos avergonzada. Aún con los ojos cerrados podía verle en su mente, observándola con voracidad, como si estuviera a punto de relamerse ante lo que veía.
 En su vida, nadie la había devorado con la mirada, haciéndola sentir la mujer más hermosa del planeta.
La vergüenza que sintió al estar tumbada en aquella cama, desnuda, con las piernas abiertas y la luz del día inundando cada rincón de aquel lugar, se evaporó en cuanto comenzó a lamerla.
Desde el momento en que la caliente y electrificante lengua comenzó a acariciarla, no pudo pensar en nada más, sólo dejarse llevar por el placer.
Ella sabía a miel, a inocencia.
Quería más.
Inundarse con su sabor.
Beber de ella hasta emborracharse de aquella dulzura.
Aspiró con fuerza, sin dejar de lamerla. Dulce. Embriagador.
Pura tentación.
Adictiva.
Se centró en el pequeño botón sonrosado, dándole pequeños toques con la lengua. Con cada toque la mujer gemía y temblaba en sus manos, alzando la cadera en busca de más.
Se lo daría.
Atrapó el palpitante clítoris entre sus dientes y lo mordisqueó con cuidado. Ella jadeó en alto y se removió, gimiendo con voz rota:
—¡Oh, Dios! Más,…más…
Después de torturarla unos segundos, tironeando y chupando su clítoris, acompañó esta dulce tortura liberando la mano derecha para acariciarle la húmeda y sensitiva entrada.
Delineó el ansioso agujero, un par de veces antes de penetrarla con un dedo. Estaba apretada. Las paredes le oprimían, chupándole, buscando más de él.
—Tan prieta —murmuró.
—¡Sí! ¡Más! —gimió en alto Andrea, arqueando la espalda, levantando la cadera al sentirle dentro.
La estaba volviendo loca. Colmándole de un placer que no conocía, que ansiaba. Crudo. Salvaje. Éxtasis puro. Recorriéndole todo el cuerpo, elevando la temperatura del lugar, alterando el ritmo cardíaco y su respiración, volviéndola agitada.
Exhaló en alto cuando un segundo dedo la penetró, estirándola, acariciándola, excitándola.
—¡Oh, Dios, sí!
Rourik estaba a punto. Pero antes de poseerla, quería que se corriese, que probara su primer orgasmo a manos de él. Pero le estaba torturando con sus gemidos, con su dulce aroma, con sus contoneos.
Quería hundirse dentro de ella, embestirla hasta que le ordeñara con su apretado coño.
Mordisqueó una vez más la abultada y palpitante perla, al tiempo en que movió los dedos hacia arriba, golpeando sucesivamente un punto que la hizo gritar de placer.
Andrea gritó por la sorpresa. No tenía ni idea que podía sentir tanto, ya que aquellos mágicos dedos la estaban torturándola, haciéndola conocer el más increíble placer, que nunca saboreó en su vida. La tensión que se centraba en su coño explotó, extendiéndose por todo el cuerpo, como lava ardiendo, que hizo que jadeara sin parar y se perdiera en el intenso y demoledor orgasmo.
Rourik apretó los dientes, luchando contra la imperiosa necesidad de embestirla en esos momentos y derramar su leche, cuando sintió como las paredes de la vagina le apretaron los dedos. Siguió acariciándola internamente, golpeando hacia arriba, separándose levemente para ver su cara de placer.
Cuando el orgasmo remitió un poco, Andrea abrió los ojos y se lamió los labios. Estaba hambrienta, quería más. Aquel primer asalto la había dejado con ganas de más.
El control que ejerció Rourik sobre su cuerpo para no penetrarla se quebró del todo cuando retiró los dedos y los vio mojados con el dulce néctar de ella.
—¡Por los dioses no puedo esperar más! —masculló en alto con voz enronquecida, posicionándose entre las piernas entreabiertas de la exhausta mujer.
Con la respiración agitada y una agradable sensación de ingravidez dentro de ella, fruto del bestial orgasmo que saboreó, jadeó en alto al ver como le abría más las piernas y se posicionaba sobre ella.
—No puedo esperar más —su voz sonó ronca, como surgida del fondo de un oscuro barril.
Andre se mordió el labio. Debería sentir remordimientos, que una voz dentro de ella le gritara que era una zorra por engañar al que sería su marido, pero no le amaba, le gustaba eso sí, pero no le había entregado su corazón. Le gustaba la vida que podía llevar a su lado, la seguridad que experimentaba cuando estaba con él. Pero en esos momentos no quería seguridad, monotonía, quería hundirse en la vorágine que era el placer carnal. Quería lanzarse a la locura y dejarse devorar por completo.
Le miró a los ojos. El calor la inundó por dentro. Después de saborear el mayor orgasmo que probó en su vida, estaba sensible, pero aún así quería sentirle dentro, embistiéndola con su gruesa e inmensa polla.
Alzó la cadera y gimió:
—Necesito…
No hizo falta que dijera nada más. Rourik sólo esperaba un leve gesto de aceptación, que le indicara que le deseaba como él lo hacía.
Delineó la húmeda y ardiente entrada con la cabeza de su dolorida y ansiosa polla.
Al ver que ella se movía hacia arriba, buscando que la penetrara de una vez sonrió abiertamente. Lentamente, ansiando saborear plenamente aquella primera unión, Rourik comenzó a sumergirse, conquistando cada centímetro.
Andrea gimió de puro placer. El dolor y el éxtasis se mezclaron, provocando una explosiva combinación que la estaba volviendo loca. Quería más. Lo quería todo. Dentro de ella. Sobre ella. Aplastándola  con su peso contra el colchón. Embistiéndola con fuerza, marcándole por dentro.
Como si leyese la mente, una vez que lo acogió completamente, comenzó a moverse, penetrándola con profundas estocadas.
Le rodeó con las piernas e intentó seguirle el ritmo, alzándose con cada embestida, buscando sentirle más adentro.
Rourik estaba en el cielo. La vagina le acogía como si fuera un guante echo a su medida. Engulléndolo con avidez, exprimiéndole hasta rozar el dolor al retrasar la corrida.
—¿Te gusta esto? —preguntó con voz enronquecida, perdiéndose unos segundos en la febril mirada de ella.
—Imbécil —susurró a su vez Andrea, abrazándole para que se tumbara sobre ella. Quería que la aplastara con su peso mientras la partía en dos con cada embestida. Lo quería duro, que el cuerpo se quebrara por el placer. La ternura quedaba para otro momento.
Rourik sonrió, hundiendo el rostro contra el expuesto cuello de ella. Sin dejar de embestirla, le mordisqueó la suave piel para luego lamérsela. Ante los jadeos entrecortados de ella, y por el hecho de que le estaba clavando las uñas en la espalda, supo que el cuello era un lugar especial, que la volvía loca. Recorrió con la lengua, la palpitante vena de su cuello, lamiéndosela mientras le acariciaba el pecho derecho, deseando pellizcarle el erecto pezón que le tentaba.
Mantenía el brazo izquierdo doblado al lado del cuerpo de ella, haciendo fuerza para así evitar aplastarla con su peso.
—¡Oh, Dios, sí! Quiero más. Si, si, si… —sorprendiéndose Andrea al notar que estaba a punto de nuevo. Que nuevamente el calor se concentraba en su vientre, amenazándola con extenderse al resto del cuerpo.
Rourik le mordió el cuello con suavidad, embistiéndola con más ímpetu, provocando que la cama crujiera.
—¡Oh, sí, sí, sí! —jadeó la joven con voz entrecortada, cerrando los ojos y arañándole la espalda mientras le apretaba contra ella. Al sentirlo tan cerca, rozándole, masturbándola con cada embiste, al estimular su sensitivo clítoris, Andrea se sintió a un paso de volverse loca, de quemarse viva.
Rourik cerró los ojos y permitió que su cuerpo tomara el control. Comenzó a gruñir y a jadear en alto, acompañando los agudos gemidos de ella.
Estaba a punto de correrse, de inundarla con su leche, pero antes de dejarse llevar quería que ella alcanzara la cima del placer de nuevo, que le apretara con las paredes de su ávido coño, exprimiéndole hasta el último de sus jugos.
Estaba a punto…
Estaba…
Andrea gritó al ser sorprendida por un nuevo orgasmo, que tensó su cuerpo unos segundos al tiempo en que el calor que recorrió cada rincón de su cuerpo, la abrasara por completo. La vista se le nubló, el corazón golpeaba con fuerza contra el pecho, Andrea se dejó caer exhausta en la cama.
Rourik siguió embistiéndola con fuerza, aplastándola contra el colchón, hundiéndose profundamente.
Cuando las paredes de su vagina la apretaron con fuerza, se dejó llevar, corriéndose, inundándole con su leche.
Dicen que hay mujeres que sienten el chorro de semen cuando el hombre se corre dentro, ella nunca lo sintió, hasta ese momento y fue…
Mágico.
Excitante.
Adictivo, porque quería volver a sentirlo, quería que la volviera a tomar, cabalgarle, sentirle a su espalda, chuparle y probar su sabor.
Le deseaba de una manera salvaje, que la hacía sentir deseada, poderosa, la mujer más hermosa del mundo ya que ese pedazo de hombre había perdido el control con ella, por su cuerpo, disfrutando como si no hubiese un mañana.
—Perfecto —susurró con voz adormilada, dejándose llevar por el cansancio. Antes de quedarse dormida, él se movió y se acostó a su lado, arropándola con las mantas que había enrolladas a los pies de la cama.
Antes de perderse en la oscuridad, escuchó:
—Tú si que eres perfecta, maymnayla[1].
Andrea se quedó dormida luciendo una sonrisa en su rostro.
Lo que había comenzado como una tradición estúpida – como es la despedida de soltera -, le había mostrado que su cuerpo si era capaz de explotar, si quien estuviese con ella supiese donde tocarla.
El sexo era adictivo.
Y ella temía aficionarse al fuego que sentía en los brazos de aquel extraño, de aquel….
Satyre.



[1] Mi corazón. 


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